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Propósitos lectores para 2019

¡Hola albaricoques!
Estaba deseosa de hacer esta entrada ya que el año pasado me lo pasé genial pensando cada propósito y escribiéndola y a lo largo del año me lo he pasado muy bien riéndome de mi misma viendo como no cumplía según qué propósito.

Pronto haré en Instagram un vídeo repasando los propósitos del año pasado para que os podáis reír conmigo. De momento vamos a ver qué espero cumplir este año que entra en cuanto a mi vida lectora.

b2388ba0-cb57-48f9-8106-e9a3483dc2b8– Este 2018 ha sido el primero que me he marcado un reto lector en Goodreads y estoy muy contenta de decir, no solo que lo he cumplido, sino que lo he superado. Me propuse leer 50 libros y acabo el año habiendo leído 61. No está nada mal. Como quiero seguir dentro de mis posibilidades y no me quiero dejar llevar por la ambición, voy a seguir con la lógica del año pasado. Más o menos al mes sigo leyendo aproximadamente 4 libros, así que voy a mantener el reto en 50 libros, que nunca se sabe como las cosas pueden ir y no quiero ponerme más presiones encima.
Si no me seguís en Goodreads, allí voy actualizando cada lectura y añadiendo libros a mi wishlist…

 

– Este año me he forzado mucho a acabar según que libros y eso no solamente me ha provocado tener que hacer un sobre esfuerzo y tener que invertir mi tiempo en historias que no me estaban llenando. Sino que la preocupación se venía conmigo y me acababa agobiando sabiendo que tenía libros por acabar. Que conste que muchos los he dejado en standby sin pestañear a pesar de que sabía que me iban a gustar, pero muchos, sabiendo que no me estaban gustando, he acabado obligándome a finalizarlos. Es por eso que este año quiero aprender a abandonar libros que no me estén aportando nada y no mirar atrás hahaha a ver si lo consigo.

– El espacio de mis estanterías es limitado y a pesar de que este año estoy intentandoIMG_8878deshacerme de libros que ya no quiero o que creo que a alguien le puede interesar más, el ritmo de entrada de libros es más rápido que el de salida, así que voy a tenerme que poner práctica. A pesar de que por el tema de bookstagram este propósito es un poco contraproducente ya se ha convertido en una primera necesidad. Quiero intentar leer más en digital. Este año he hecho la prueba piloto y la verdad es que no me ha ido nada mal, he aprendido a disfrutar de este formato y quiero seguir haciéndolo a pesar de que luego para las fotos no tengan la belleza que un libro en físico proporciona.

IMG_7577– El año pasado me propuse leer algunos de los grandes clásicos y con una sonrisa os digo que es uno de los propósitos que más he disfrutado. A partir de aquí he descubierto mi libro favorito, Jane Eyre, que espero releer en este 2019 y también he conocido otras grandes historias y referentes. Es por eso que quiero mantener este propósito y ya en enero tengo marcadas tres lecturas de clásicos para empezar el año con fuerza. Empezaré con Emma de Jane Austen, Mujercitas de Louisa May Alcott, La señora Dalloway de Virginia Woolf. Pero también tengo en el horizonte leer Al faro y Orlando de Virginia Woolf, Agnes Grey de Anne Brontë (y así ya tener leídas a las tres hermanas), Villette de Charlotte Brontë, leer a Gabo, Conan Doyle, y un largo etc que ya iré viendo como coloco a lo largo del 2019.

– Me he sorprendido a mi misma disfrutando de las pocas lecturas de no ficción queIMG_0027 he leído este año. Siempre me ha costado mucho salirme de la novela de ficción y muchas veces cuando lo he intentado se me ha atragantado un poco, así que por eso hacía muuuuuuucho tiempo que ni lo intentaba. Este año por haber recibido alguna de regalo o por recomendaciones de gente en la que confío mucho, he vuelto a retomar ese contacto y la verdad es que la experiencia me ha gustado. Así que dentro de la medida que pueda, y siempre sabiendo que el tema me va a interesar, voy a intentar leer más no ficción o al menos investigar más sobre lecturas de no ficción que crea que me pueden gustar. Alguna biografía de alguien a quién admire, libros sobre feminismo, épocas históricas que me interesen, etc.

IMG_7836-Este año he leído unos siete libros en inglés y a pesar de que está muy bien, me hubiese gustado que fuesen más. Disfruto mucho leyendo en inglés ya que es como una doble dosis de felicidad, por la historia y porque me veo bien leyendo en una lengua que no es la mía y a pesar de que he disfrutado mucho con esos siete libros, cuando empecé algunos noté cierta dificultad y eso es por el espacio que había entre un libro y otro. Por eso este 2019 me gustaría leer más libros en inglés y más seguidos. Como veréis este propósito está muy enlazado con el siguiente (ya me lo busco fácil para quitarme dos propósitos de un tiro hahahah).

– El 2017 fue el año de la saga de A court of… de Sarah J. Maas, 2018 ha sido el año de Leigh Bardugo y el Grishaverso (aunque me falte leer Reino de Ladrones) y quiero que este 2019 sea el año de Throne of Glass. Llevo con ganas de leer esta saga desde que acabé la primera y este año mucha gente que me conoce me ha insistido en que me va a gustar, así que ya tengo en camino un box set con los ocho libros que componen esta saga. Espero poder leer más o menos un libro al mes (sin presiones que me conozco y luego se me alarga el tema), y así ya poder fangirlear con esta saga. Me he comprado la saga en inglés y son señores libros, así que espero disfrutarla a tope y que conquiste como ha conquistado a tanta gente.

Y hasta aquí mi lista de propósitos para el 2019. Creo que son todos muy realistas y que voy a disfrutar mucho cumpliéndolos. Como podéis ver no hay ninguno relacionado con no comprar libros porque ya he visto que mi naturaleza me delata y me frustra en ese aspecto, así que vamos a dejarlo para otro momento ahahhaah. También deciros que el tema de las expectativas, a pesar de que en algún momento he fallado, lo llevo bastante bien y me he llevado pocas decepciones en este aspecto este año, así que espero ya estar educada y que el 2019 se comporte en cuestión de hype.

¿Tenéis algún propósito lector para este año? ¿Alguno que hayáis cumplido o no del 2018 que os apetezca compartir? ¡contadme en comentarios!

¡OS DESEO LAS MEJORES HISTORIAS ESCRITAS Y POR ESCRIBIR!

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ABRE LOS OJOS

Se podría decir que vivía en una rutina. Llevaba un par de días dándole vueltas a esa idea y cada vez estaba más convencida de que así era. Nunca se hubiese imaginado que sería el tipo de persona que acabaría llevando una vida rutinaria, pero así era. Al final las circunstancias son las circunstancias.

Llevaba allí cuarenta y tres días. Cuarenta y tres días sin hablar con sus padres, cuarenta y tres días comiendo prácticamente la misma masa áspera e insípida. Mil treinta y dos horas casi postrada en la misma posición. Y lo sabía porque contaba la cantidad de veces que la visitaba.

Podría estar agradecida de que, por lo menos, él tuviese la delicadeza de asearla. Aunque sabía que era un acto totalmente egoísta dentro del juego de mal gusto en el que se había visto involucrada. Era más que consciente de que el contacto con él, aunque fuese a través de una esponja, le daba asco. Sin embargo, era por su bien.

Se puso a pensar, qué había estado, ¿tres días? ¿cuatro? No recordaba exactamente cuantos días estuvo libre en ese lugar, si estar encerrada se podía llamar libertad. Aunque cualquier cosa era mejor que los calambres y las heridas provocadas por las correas.

Tal vez debería haberse portado mejor, sin paranoias, sin agresividad… Pero ¿qué tonterías estaba pensando? Llevaba cuarenta y tres días desnuda en una habitación a oscuras. ¿Qué tenía que hacer? ¿quedarse quieta? ¿dejarse a merced de quien la custodiaba? Ella no era así, iba a morir matando, lo tenía clarísimo. Aunque ser así le había traído el castigo de estar atada en una cama con los ojos vendados…

Abre los ojos.

Cuando, a los tres días, la ató, decidió también que era buena idea taparle los ojos, a ver si con un sentido menos se volvía menos revoltosa. Capullo. A los seis días de estar atada, la cinta de los ojos se había aflojado y aunque de vez en cuando se la volvía a apretar, una nueva paranoia se unió a las que ya le rondaban la cabeza. ¿Y si no podía volver a abrir los ojos? ¿Y si las lágrimas y las legañas se resecaban tanto que los párpados se soldaban? Era un poco desagradable notar la tela vieja y sucia al abrir los ojos, pero no iba a permitirse perder la vista. Esta mierda de vivencia le iba a arrebatar muchas cosas, pero la vista no iba a ser una de ellas.

Se sentía débil, había intentado forcejear, pero solo conseguía perder fuerzas, así que llevaba días ahorrando energías.

La puerta se abrió interrumpiendo sus pensamientos. Cerró los ojos. Buenos días. Silencio. Ruido de cubo metálico entrando en contacto con el suelo. Esponja húmeda recorriendo su cuerpo de arriba a bajo. Respiración acelerada. Golpe del taburete por encima de su cabeza. Peine desenredando su larga melena. Su cara sumergida en su mata de pelo. Aspira su alma a través de su cuero cabelludo. El ruido de la fricción empieza a acelerarse. Él gime. Él explota. Deja todo su cuerpo untado, manchado, masacrado. Nota las nauseas, pero esta vez no vomita. Él se va. Cierra la puerta. En poco tiempo nota como el líquido se enfría y encartona su piel. La puerta se abre. Cambia la posición del taburete. Hora de comer. Intenta meterle parte de la masa pastosa en la boca. Es complicado tragar boca arriba. Clic. La luz del flash atraviesa la sucia tela e impacta en sus párpados cerrados. Él se va. Otro día más.

Abre los ojos.

El cerrojo de la puerta chirrió con el roce del movimiento. Cerró los ojos. Buenos días. Silencio. Dejó el cubo en el suelo, una gota le salpicó en la mano. Empezó por la clavícula. Como siempre. El agua estaba fría y la esponja áspera. Notó como su cuerpo se tensó cuando empezó a bajar por el tronco. El agua estaba más fría de lo normal. Cuando llegó al ombligo, su cadera dio un salto separándose levemente de la cama. Entonces cayó. Solo estaba atada de pies y manos.

Siguió bajando. Notaba su respiración en los muslos, se giró para volver a mojar la esponja. ¡AHORA! Levantó la rodilla con la poca fuerza que le quedaba. Escuchó cómo se quejaba de dolor y su cuerpo caía al suelo. Le había pillado con la guardia baja.

Le pareció oír un leve pinchazo. Como si una rueda de bicicleta se pinchase, seguido de murmullos y quejidos ininteligibles. Esperó. Notaba una breve corriente rozándole la piel todavía mojada. La puerta seguía abierta, él seguía allí. Esperó. Nada.

Se revolvió todo lo que pudo para deshacerse de la tela que le cubría los ojos. Hacía un par de días de la última vez que se la había ajustado así que le fue fácil librarse de ella. Volvió la cabeza. Todo era negro. Mierda, no veía nada. Esperó unos minutos hasta que pudo ver una fina raya de luz cruzando el techo. Volvió a girar la cabeza. Su brazo, atado en la esquina superior de la cama, le impedía ver nada. Levantó la cabeza hasta que pudo verle. Estaba tirado en el suelo. No se movía. Ya no oía sus quejidos, no estaba siquiera respirando.

Volvió a mirar a la luz, esta vez la del suelo. Notó cómo la nuca le pedía volver a tumbarse, pero justo cuando iba a hacerlo algo se movió en la luz. Esperó por si alguien entraba. Silencio. Volvió a levantar la cabeza y vio un líquido oscuro brillando y ganando terreno.

La alegría empezó reavivar tras tanto tiempo ausente. Podría salir de allí, huir, escapar, deshacerse de estos cuarenta y cuatro días de mierda. Luchar para borrar las mil cincuenta y seis horas de soledad y oscuridad. Podría volver a su casa, a su vida, a su no rutina, podría…

No tenía forma de salir de allí. Seguía atada. A pesar de que las correas de las piernas estaban algo más flojas que las de las manos, no había forma de destensarlas. Se volvió a tumbar. La raya de luz que cruzaba el techo había disminuido. Estaba oscureciendo.

Iba a morir matando. Hizo un recuento de la cantidad de cosas que esta vivencia le había arrebatado, añadió una última. La esperanza.

Cerró los ojos.

Los años siguen pasando

El jueves era día de colada. Y a pesar del caldo haciendo chup chup a fuego lento, la casa estaba en completo silencio así que Belén aprovechó para poner un poco de música tranquila que la acompañase mientras recuperaba la ropa seca. Era un día de Doris Day, así que con el leve chasquido del vinilo cayendo, empezó a sacar pieza por pieza, la ropa de la secadora mientras tarareaba las partes que se sabía. Alex únicamente vestía chándal, pero aun así se sentía con la responsabilidad de planchar cada pieza. Doblaba  todos los pares de  calcetines en un perfecto ovillo. Su ropa interior requería de la minucia de tres pausados movimientos y sus chaquetas llenas de agujeros, aunque ya no tuviesen espacio para más remiendos, necesitaban ser tratadas con la máxima delicadeza, como si de una pieza de seda se tratase.

Belén amaba esa casa, en ella había transcurrido la mejor época de su vida y cada rincón de ella, ocupado con marcos de fotos que inmortalizaban momentos felices, era un claro reflejo de esos buenos años. Mientras paseaba el plumero, al ritmo tranquilo y delicado que la canción marcaba, sobre los marcos que adornaban todo el salón, recordaba el día en que entró por primera vez con Alex en brazos en aquel amplio y luminoso salón. Todas las veces que, casi compulsivamente, le había curado las heridas en el baño de al lado de la cocina, como si de un box improvisado de enfermería se tratase. La cantidad de alegrías que tanto a su marido como a ella les había dado al entrar corriendo con un nuevo trofeo en brazos para colocarlo en la vitrina que presidía el salón… A estas alturas, siempre se ponía mustia frente la foto que coronaba la estantería del orgullo (así era como la  llamaban él y su padre con gestos que ensalzaban su masculinidad), revivía la tristeza a la que a ambos se tuvieron que enfrentar al verle marchar a recorrer mundo para cumplir su sueño. Recordaba con frecuencia lo enfermo que se puso Julián cuando Alex volvió a casa al cabo de los años y lo importante que supuso ese cambio de rumbo.

Con suma delicadeza, abrió la puerta derecha de la vitrina y cogió el fino marco. Con la instantánea entre las manos posó todo su fatigado cuerpo en el sofá y dejó que su mirada se perdiese en la imagen de su hijo inclinado sobre su Rayo invencible. Colocó la fotografía en la bandeja y subió las escaleras con lentitud a pesar de sus grandes esfuerzos.  Iba avanzando, escalón a escalón, con los ojos posados en la foto. A Julián siempre le había molestado que ella quisiese guardar un recuerdo de ese día, ella le solía decir que era importante tenerlo presente y que se merecía una buena posición en la vitrina del orgullo como cualquiera de los muchos trofeos que ocupaban los distintos estantes. Aunque ella sabía que, en realidad, poco tenía que ver la fotografía con que frecuentase tanto ese día.

El ambiente estaba demasiado abarrotado para ella. Julián parecía estar más cómodo, pero él formaba más parte de esa cultura. Absolutamente todo a su alrededor emitía alguna clase de rugido, pitido o zumbido. Se habían cruzado medio mundo para asistir a ese alborotado espectáculo de ruidos solamente para ver a su hijo un instante fugaz cada 20 minutos. Nunca entendería ese deporte.

“Masharello vuelve a intentarlo por el interior, Luis Ferrer no le da paso, lo vuelve a intentar, esta vez desde más cerca, parece que puede alcanzarlo.”

Encima se habían puesto justo debajo de un altavoz.

-¿Cuándo va a pasar Alex? Hace rato que no le veo.

-Debe de estar a punto, fíjate bien. – Julián no apartó la vista de la pista. No estaba para atenderla.

“¡Ahí va otra vez! El interior de Masharello, Ferrer sigue luchando por su oportunidad, pelea el podio con Lavinge, vamos a ver qué sucede, parece qué el circuito no está de su parte esta mañana, se va a escapar Ferrer y va a conseguir la victoria, ¡asombroso! ¡¿Qué hace ese pato ahí?!”

-¡Mira Julián allí está Alex! –Señalaba orgullosa la moto amarilla de su hijo.

-Si sigue así va a clasificarse ¡DALE HIJO!.

-¡VAMOS ALEX!

Ella no entendía exactamente la importancia de esa competición, pero nunca había visto a su marido tan nervioso.

“¡Última vuelta! ¡última vuelta! Pato mete la moto, le quedan ya muy pocas curvas, atención Pato a ver si puede mantener, Ferrer sigue marcando a Masharelo de cerca… ¡AAiiii! ¡Cuidado! ¡OOH! Pato, Pato se ha ido al suelo, se ha quedado sin casco, ha chocado con Lanvinge y ha chocado con, uy uy uy uy uy ¡qué golpe!, qué golpe de Pato, se había tocado antes con Eduards yo creo, se lo ha encontrado en el suelo y ahí se han ido todos al suelo y Pato estaba en el, BANDERA ROJA, Pato se ha quedado en el suelo y del golpe que se ha llevado no tenía el casco, vamos a ver que nos…”

Un insistente pitido golpeó con fuerza su cabeza. Rápidamente sintió que algo no iba bien. ¿Acababa de oír que su hijo se había quedado sin casco? La gente se empezó a mover con brusquedad. Los rugidos cesaron. Un grupo de técnicos la cogieron del brazo y se la llevaron. Julián estaba con ella. Sentía todas las miradas de su alrededor fijadas en ellos. ¿Dónde estaba Alex?

-Hola cariño. ¿Cómo estas? Te traigo sopa.

-Gracias Mamá, pero hoy prefiero que me la des tu. ¿Vuelves a subir la foto?

-Si mi amor, hoy hace seis años que se tomó y quería recordarlo contigo.

-Mamá, ya sabes que no me importa recordar ese día por mí, pero por papá…

-No te sientas culpable cariño. Papá no enfermó por ti, ya lo hemos hablado, simplemente no pudo luchar contra nuestra realidad, pero no hablemos de eso. ¿Te parece si después de la sopa hacemos los ejercicios de piernas?

-Pero mamá- Alex vio la incipiente mirada cristalina de su madre – Vaaale, pero luego me tendrás que peinar como la semana pasada apartándome el pelo de la cara que sino me estará picando la nariz durante horas.

-Por supuesto cielo.

LA ENERGÍA OCULTA

Una semana después del accidente, Mesmer no notaba ningún cambio preocupante en su salud. Era temprano y el café volvía a estar bueno. La casa parecía que, también volvía a quedar limpia sin tener que estar pendiente. A la vez que las hojas del periódico iban pasando al ritmo de su lectura, con naturalidad, agitó la muñeca para que la cafetera le llenase la taza de café. Tanta normalidad hizo que Mesmer no estuviese preparado para concebir la desdicha que estaba a punto de despertar en él.

Se acabó el café y la taza levitó hasta la cocina donde se unió, junto con otros cacharros a la nube creada por la espuma y el estropajo. Al levantarse de la mesa, vio atrapado bajo de su silla un papel que luchaba para liberarse y seguir su camino hasta la basura. Reconoció el trozo de papel donde se había apuntado la cita con el médico de la semana anterior. Por impulso, se la guardó en el bolsillo del abrigo que ya se le había posado sobre los hombros. ¡Qué gusto que todo volviese a la normalidad!

La puerta se abrió y en el mismo instante que su pie tocó el exterior de su casa…

…Qué frio hace, debería haberme cogido una bufanda…

…Qué dolor de garganta, debo de estar cogiendo algo…

…¡ACHUS! ¿otra ventana rota? Maldita enfermedad… si sigo con estos síntomas destructivos me voy a quedar sin casa…

¿QUÉ DEMONIOS ACABABA DE VER? Miró a su alrededor. Derecha, izquierda. Seguía en su rellano, ¿de dónde habían salido esas visiones? Volvió a mirar a su alrededor buscando una respuesta, pero nada parecía fuera de lo normal. Dedujo que todo había ocurrido en su cabeza, no encontraba otra explicación posible.
Antes de cerrar la puerta y sin pestañear, cogió la bufanda que estaba colgada en el perchero y se dirigió intranquilo a la calle.
Bajó la calle en dirección al estadio donde al día siguiente se celebraba la final de la liga de Surcrick y tenía que adecuar el lugar para la ocasión. A pesar de no ser un gran fan del vitoreado deporte, preparar estadios de tal envergadura, le hacía sentirse importante.

Bajó rápido de las nubes al recordar lo ocurrido al salir de casa. Todavía asustado por las visiones, metió la mano en el bolsillo del abrigo para evitar el frío. Notó como algo competía por el pequeño espacio del bolsillo. Hurgó un poco más y sacó una tarjeta arrugada con descuento para los servicios de un ayudante doméstico…

“20% de descuento en ayuda doméstica”. Qué irónico que precisamente aquel día le llegara esa tarjeta a sus manos. Mesmer se dirigía preocupado al hospital a causa de un déficit de fuerza enérgica que llevaba arrastrando casi un mes. Tardaba el doble de tiempo en hacer cualquier cosa, incluso en acciones tan cotidianas como hacerse el café por las mañanas o vestirse.
Se aproximaba al hospital cabizbajo, preocupado sobre todo, por su trabajo. Necesitaba su energía para poder desarrollar bien sus funciones.  No puede ser que con lo poco que llevaba trabajando, en mitad de un montaje no pudiese levantar un sistema de transformación de ondas. Pocas personas con la energía mental de movimiento desarrolladas se querían dedicar al montaje de sonido, así que su rol era muy importante o al menos eso consideraba.

Temía que si aquello iba a peor tendría que dejar su trabajo debido a esta común (aunque poco investigada) discapacidad conocida como magiless.
Recordó cuando, de pequeño le decía a sus padres que quería desarrollar energías cambiantes para ser detective o espía. En cambio su padre le incitaba a que potenciara las de curación para convertirse en médico como él. Qué vueltas da la vida…

Poco más adelante de donde Mesmer se encontraba, un chico estaba practicando en su casa hechizos para poder superar el examen de acceso al ejército. Se oía desde la calle como él y su padre discutían porque no era capaz de hacer un hechizo defensor de los más sencillos. Mesmer, abducido por sus penas, casi ni se percató del ruido al que se iba acercando.
En uno de los momentos donde los gritos llegaron a su máximo nivel, un rayo de luz carmesí cruzó el arco de la ventana alcanzando a Mesmer. Sin darle tiempo a reaccionar, le impactó en la cabeza dejándolo tendido en el suelo. Inconsciente…

Cuando llegó a casa se sentó en el sofá. Aprovechó para hojear el libro que acababa de coger en la biblioteca sobre cómo afectaban los impactos mágicos. A pesar de que hacía un mes de cuando le habían dejado inconsciente, no estaba de más investigar un poco.
Se cansó rápido. Había sido un día muy intenso, pero al menos el estadio estaba listo para la gran final. Pensó en hacerse una caliente y rica sopa…

…Qué buena me ha quedado, debería hacerla más veces…

…Uf, no puedo dormirme con este dolor de estómago…

…Algo me ha debido sentar mal…

Otra visión… eso sí que le revolvió el estómago. Nada de sopa para cenar.
Cuando se le hubo pasado el susto, se levantó, encendió la lámpara de la mesa y se puso a buscar en el índice: Hechizo defensor… Impacto… Impacto de hechizo… página 369. Hmmm, el impacto de un hechizo defensor, bla bla bla, ¡aquí! El impacto de un hechizo defensor directamente en la zona craneal puede desarrollar cualidades desconocidas en el sujeto impactado. Esto es debido a que la mente, al contrario que el corazón por ejemplo, es un órgano fácil de persuadir, por lo que es muy probable que a causa de un impacto no controlado, el sujeto desarrolle una energía cercana a la que actualmente posee.

Cercana a la que actualmente posee… Repitió esas palabras hasta conectar todos los cabos. El impacto había despertado energías mentales temporales. ¿Cómo podía ser?  Esa energía era muy poco común en la sociedad y debido a su dificultad y a los peligros que ese inmenso poder suponía, solo unos pocos eruditos habían podido dominarla.

Se asustó. ¿Qué iba a hacer?

Reflexionando, cayó en el Decreto de Honestidad Mágica que había firmado hace años al obtener el título que le autorizaba a potenciar su energía. Según este, estaba obligado a confesar ante el Delegado de Poder ese cambio enérgico para recibir la formación que fuese necesaria y unirse a la cúpula política. Los amos del universo. Los gobernantes de todo lo conocido. Los virtuosos de la magia. Los guardianes del poder de la energía.
A este colectivo les rodeaba una áurea de misterio que había pasado de generación en generación sin revelar absolutamente ningún tipo de información sobre ellos. Una vez acababan sus estudios, se aislaban en comunidad para cumplir sus funciones. Pero nadie sabía dónde.

Con los ojos más abiertos que nunca, se tumbó en la cama y con las pupilas clavadas en el techo decidió que tenía que ocultar a toda costa cualquier indicio de su nuevo poder. Tendría que encontrar la manera de excusarse si las visiones que tenía se plasmaban, de alguna forma física, en público. Nadie podía descubrir jamás el cambio que el accidente había provocado en él.

C O N T I N U A R Á . . .

Seis paradas

Espero no llegar tarde. Las seis y media. No debería llegar tarde. ¿El bus no viene? Hay poca gente esperando, ¿se habrá ido? ¡Ah!, no, calla, por allí viene. Ya se está colando el viejo. ¿Seré tan impertinente cuando tenga esa edad? La cartera… maldita mochila sin fondo. ¡Aquí! ¿Cuándos viajes me quedan? Malditos números borrosos. Aún me quedan cuatro, que no se me olvide pedir otra T-10. Sillón libre, sillón libre… nada… Si ya se notase… podría sentarme en uno de los reservados ¡Oh! El Ipod, el ipod… ¡tiene batería!. Qué botas más monas lleva esa, igual para mi cumple. Hoy me ha dicho que en el tercer trimestre, ¿era el tercero? Sí, creo que sí, se me van a hinchar los pies, luego lo miro. Veinte por ciento de batería, genial me da para el trayecto. Uy, ¡qué frenazo!, ah mira, ese se va. ¿Cómo se debe de enterar el conductor que alguien le ha dado al botón de parada? ¿Se le enciende una luz? ¿tiene que estar siempre atento a si la luz se enciende? ¡Qué peligroso! Is it too late now to say sorry? Cause I’m missing more than just your body na nanaana naanana y ¿si le diese una pequeña descarga, nada que perjudicase su salud, cada vez que alguien apretase el botón?. Qué jodido cuando alguien le diese sin parar como ese. ¿Cuántos años tendrá? ¿Dos? Debería empezar a saber de estas cosas ¿no? Seguro que hay cursos de estas chorradas. Lore seguro que lo sabe, su hermana ha tenido un niño hace poco, le debería preguntar. Hoy había quedado con Dani, creo. Tienda de ropa de niños. ¿será cara? En Primark seguro que hay ropa para bebé mona y por 1€. ¿me han dado bien el cambio? No me he fijado… Y pensar que Dani me gustaba en primero… Dra. Dolores Nuñez, ginecología-obstetricia. Era maja, igual ella sabe lo de los cursos. The story of my life, I take her home I drive all night to keep her warm and time Is froooooooozen. Si es niña la podría llamar Elsa. Hazme un muñeco de nieeeveeeee. Le haría una trenza larga… espero que no salga morena como Martí, ¡qué feo tiene el pelo! ¿Qué edad tendré yo cuando le pueda hacer una trenza? A ver, si estamos en abril; mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero. ¿ENERO? ¡Podría ser el primer bebé del año!, ¿hay alguna forma de forzar eso? Debería apuntarme todas las preguntas que tenga en algún lado. Será la mayor de su clase y la ayudaré… Llar d’infants els Patufets… La puedo llevar allí, cerca de casa. ¡Coño!, mi parada. No veo que el conductor se estremezca, lástima, lo de las descargas no era tan descabellado. Mierda, mamá llegando a casa, mierda, me ha visto. A ver, ¿qué excusa le pongo para haberme saltado clase de repaso de matemáticas?

Vientos del pasado

Unas cuantas gotas no iban a evitar que saliese a la calle a cumplir con su lista de tareas. Además la chica del tiempo había dicho que hacia las cinco pararía. No iba a necesitar mucho más rato el paraguas. Ir a recoger el vestido para la reunión de mañana, comprar las verduras para la crema de la noche, buscar unas medias bonitas y sacar dinero del cajero. Lo tenía todo controlado, no se le podía escapar nada. Camino a la tintorería se cruzó con un bebé de lo más adorable en brazos de su madre y rápidamente recordó que no se le podía olvidar el regalo para la baby shower de Martina.

Parecía que ya paraba de llover. Plegó el paraguas y se dispuso a cruzar la calle.

– ¡Fani! –

¿Fani? Quién podía llamarla así ahora…

– Hola…- contestó Estefi de lo más intrigada por saber quién era aquel individuo que la llamaba por su nombre de la niñez.

– ¿Qué tal Fani? ¡Cuánto tiempo! Creíamos que te habías ido de la ciudad.

¿De qué conocía a ese hombre? No pudo evitar dejar de escucharlo para ahondar en lo más profundo de su memoria a ver si conseguía relacionar su cara con un nombre, o al menos un lugar… ¿Del pueblo? No, todos los chicos eran más pequeños, además seguía en contacto prácticamente con todos ellos. ¿Del colegio? Recordaría si se cruzase con alguno de esos energúmenos. ¿De qué podía conocerle…? Decidió probar a ver si había suerte:

– Muy bien, haciendo unos recados, tú, ¿qué tal estás? ¿Cómo te va todo?

– Pues la verdad es que últimamente todo va viento en popa- El hombre suspiró- Mi padre murió hace un par de años, pero estamos todos bien, no te preocupes. “Tuvo padre, buen dato”, pensó Estefi. – Cuando acabé odontología sabía que algún día dirigiría la clínica de papá, pero nunca pensé que fuese tan pronto.

Volvió a mirarlo. Todos los recuerdos le llegaron a la vez. Él era ese capullo que, junto con sus amiguitos, hicieron un infierno de sus últimos cinco años en el colegio. Precisamente, su padre fue quien le colocó ese aparato dental exterior que fue motivo de burla de su querido hijito.

Javier seguía hablando de lo maravillosa que era su jornada en la consulta y lo mucho que seguía en contacto con toda la pandilla. “Toda la pandilla…” pensó mientras le chirriaban los dientes. ¿Por qué éstas cordialidades hacia ella? ¿Desde cuándo había sido santo de su devoción? Y ¿por qué seguía perdiendo el tiempo con ese canalla cuando tenía tantas cosas que hacer?

Intentaba disimular, intentaba que no se le notase todo el odio que estaba removiendo ese encuentro, las ganas que tenía de pegarle un puñetazo en la cara y seguir caminando, triunfante hacia la mercería. Iba asintiendo, soltando algún armónico mhh mhh mientras buscaba la forma de parar esa situación.

– Ostras, pues justamente la semana que viene habíamos quedado unos cuantos para cenar, estarán Julito, Róber, Laura, todos, vamos. Como has estado tan fuera de combate estos años no habíamos caído en invitarte. Vente va, ¡Será divertido!.

Mientras en su cabeza retumbaba un: “Si claro, divertidísimo, igual que aquella vez que entre todos me metisteis en un cubo de basura y me dejasteis en medio de una clase o aquella otra vez que…”:

– ¡Qué lástima! La semana que viene estoy fuera, pero a la siguiente seguro que me apunto.

– ¡Genial! No te puedes escaquear ¿eh? señora desaparecida- se alejó con una risa de lo más absurda.

“Muy bien vengada tu niña maltratada” pensó Estefi dándose la vuelta y cogiendo el pomo para entrar a la tintorería.

Puntos de vista

ELLA

No era la primera vez que se iba a dormir tan pronto. Llevaba un par de semanas que no aguantaba los silencios incómodos, las miradas rehuidas, las caricias contenidas y las lágrimas silenciadas. Irse a dormir a esa hora era la única forma de evitar encontrarse con él en el frío pasillo abarrotado de fotos de grandes momentos juntos, ahora marchitados por un tiempo que últimamente no les había tratado demasiado bien.

Sentía que tenía la culpa, algo había hecho mal para que las cosas se enfriasen tanto, para que él se hubiese alejado de una forma tan drástica. Llevaba dos semanas agotando todas sus energías para poder poner un poco de luz en todo aquel asunto. Aun así, no había encontrado una respuesta suficientemente razonable para el punto de no retorno en el que se encontraban. Sintió como una pena enorme la embargaba. Le quería tanto… no podía imaginarse una vida sin él y no era capaz de encontrar la solución que evitase perderlo…

Oyó un ruido, era la puerta de entrada. Se dio cuenta de que había llegado más pronto de lo normal. A lo mejor había estado pensando en toda aquella situación y venía para estar con ella, para volver a esos días en los que el calor reinaba en el piso, en los que las caricias, los besos y el sexo en cualquier rincón eran prioritarios. Empezó a escuchar su poca delicadeza dejando el abrigo, las llaves y los zapatos. ¿A caso no se daba cuenta de que estaba durmiendo? Se esforzó para que no se notase que estaba forzando cerrar los ojos. Puso su mejor cara de dormida esperando a que él le diese un beso de buenas noches. Enseguida notó como se metía en la cama, a su lado y dándole la espalda, apoyaba su cabeza en la almohada.

Otra noche que se quedaba sin beso…

Llevaban cinco años juntos, cinco años queriéndose como nunca jamás habían querido a nadie y aun así parecían completos extraños. Dejó que las lágrimas inundaran su cara. Notó como el pecho le empezaba a pesar. También, cómo se le abarrotó la garganta impidiéndola tragar. Habían tocado fondo.

Sintió que ese viaje había llegado a su fin, que todos los años y esfuerzos invertidos iban a tirarse a la basura a la mañana siguiente. Se dio la vuelta. Notó como su cabeza se empezó a saturar con los recuerdos de aquellas últimas semanas y sintió el dolor de cada caricia que la apartó con cualquier mala excusa, cada vez que encontraba cosas mejores que hacer que estar con ella, cada vez que forzaba acabar una conversación… Se volvió a poner en posición fetal. Todas aquellas veces que, con la escusa de irse a duchar, sin siquiera pasársele por la cabeza proponerle que fuese con ella, aprovechaba el ruido del agua cayendo, para llorar a lágrima viva. Volvió a ponerse mirando al techo.

Pero…un momento, llevaba dos semanas intentando buscar qué coño había podido hacer para que él levantase un muro entre ambos y aun así no había encontrado ningún diminuto motivo por el que ella fuese la causante de aquella situación. ¡¿Qué se había creído?! ¿Cómo podía ser que ella fuese moqueando por las esquinas y él ni se hubiese inmutado?. Así no actúan dos personas que se quieren, no era justo.

Empezó a darse cuenta de las ganas que tenía de volverse y plantarle una bofetada en su ridícula barba “de tres días”. Ahora sabía que no se merecía la guerra fría por la que le había hecho pasar. Y menos, después de tantos años dándolo todo por él, poniéndose a ella en segundo plano y haciendo sacrificio tras sacrificio por el bien de la pareja.

Hasta aquí había llegado, no podía seguir soportando estar a su merced.

Sí, tenían que hablar. Y por fin tenía claro lo que le quería decir.

Se había acabado.

ÉL

Esa noche no había podido alargar la vuelta a casa todo lo que a él le habría gustado. Los chicos se tenían que ir a casa, cada uno por sus motivos. Así que empezó a dirigirse, sin prisa, hacia su apartamento.

Subiendo cada uno de los escalones hasta el quinto se puso a contar los días que llevaba alargando el momento de llegar a casa, el momento de encontrase con ella, el momento de tener que rehuir su mirada por no saber qué decirle. Debía de hacer como dos semanas desde que todo se truncó.

Abrió la puerta y al entrar, se le cayeron las llaves al suelo. “¡Mierda!, como la haya despertado…”.  Si la encontraba despierta se vería obligado a fingir como llevaba fingiendo todo este tiempo. Mientras se quitaba los zapatos, se puso a pensar, cosa que no se había permitido hacer hasta entonces. Se dio cuenta de que no le apetecía verla, que la ilusión de volver a casa y sorprenderla con un beso se había esfumado. Ya no era lo mismo de siempre. Algo había cambiado, pero no sabía el qué.

Le costó recordar la última vez que habían ido juntos a cenar o a emborracharse a algún garito de mala muerte, como habían hecho siempre. Le daba la sensación de que ella últimamente prefería quedarse en casa y sino, siempre quedaban en grupo.

Entró en la habitación. Sintió un enorme alivio al ver que ella seguía dormida. Con algo de prisa para refugiarse en el calor del edredón, se metió en la cama y cerró los ojos. Notó como ella se había puesto a llorar, intentando, con mejores intenciones que resultados, disimular el llanto. Uy, vale que estaban mal, pero, ¿llorar? ¿qué había sido de la chica que se comía el mundo? Tampoco había para tanto ¿no? O tal vez sí… Empezó a repasar sus últimos encuentros y a rescatar las miradas y expresiones de ella que en su momento le habían pasado totalmente desapercibidas. Realmente llevaba un tiempo portándose como un completo imbécil y ella no tenía la culpa.

Notó cómo ella se empezaba a revolver, inquieta, en el otro lado de la cama. Esos movimientos le recordaron las primeras veces que habían dormido juntos. Ella, dormida, no paraba de pegarle patadas y codazos. Él, con la ilusión que se tiene en los primeros meses, lo encontraba adorable. De hecho, por eso la llamaba cariñosamente “revoltosa”. Por un momento, la vio con los ojos de entonces, con su reír a trompicones, sus movimientos lentos y despreocupados, sus dulces y firmes besos, sus pequeños pechos, su forma de darle los buenos días, sus ganas de todo con él.

¿Qué había estado haciendo estas últimas semanas?

Mañana hablaría con ella. Sí, le pediría perdón por ser un completo imbécil y la abrazaría. Le diría que la quería y que haría todo lo que estuviese en su mano para hacerla reír. Lo tenía todo claro.

Mañana sería un nuevo comienzo.

El vuelo

C A R A   A

 Hay quien cree que llegar el primero hace la espera más larga. Quien piense eso es que se ha fijado poco en lo que le rodea. El secreto está en disfrutar del espectáculo que la diversidad de la gente ofrece. Ya sentado, mi devoción por observar a la gente sufrió un giro completamente nuevo para mí. Esperaba, como siempre, ver a todo el mundo sentarse en sus apretujados asientos, agobiados por meter sus trolers en un reducido espacio y con la mirada puesta en sus vacaciones. Creía que estaban a punto de cerrar las puertas, hacía rato que no había mucho movimiento por el pasillo, pero entonces entró ella. Llevaba el billete entre sus labios pintados de un tono berenjena rebajado (supongo que por el trajín de todo el día), un moño caído hacia la derecha y unas gafas de sol que reposaban sobre su redonda nariz.

Ese día, victorioso por mi agilidad al hacer el check in, me hice con uno de los solicitados asientos de la espaciosa fila 16. El avión no iba muy lleno y aquella última pasajera podría sentarse en cualquier sitio. La vi chequear varias veces su billete con las filas que iba pasando, como si creyese que se las podía saltar. Cuando se encontró frente al amplio espacio de mi fila, dejó su bolso, su cazadora y su teléfono para colocar su troler en el compartimento de enfrente, ya que el que teníamos encima, estaba lleno. Al volverse en mi dirección vi que volvía a tener el billete entre sus labios. Se sentó, y la corriente que se creó con su gesto descendiente, me hizo llegar el olor a su afrutado perfume. De cerca pude ver que tenía pecas en sus mejillas y alguna cicatriz, con su piel no pueden ser de acné, debió de pasar la varicela de pequeña, seguro.

Colocó su rebosante bolso (de biquinis para estrenar en sus vacaciones en Mallorca , supongo ahora) y al incorporarse, su móvil empezó a sonar, no pude evitar mirar la pantalla, ponía: “Mamá llamando”. Me dio la sensación de que venía de una buena familia, su madre seguramente la llamaba para desearle un buen viaje, para recordarle que les llamase al aterrizar. Ella descolgó el teléfono después de resoplar, debía de estar cansada por las prisas con las que había llegado. No estuvo hablando demasiado ya que la azafata la interrumpió pidiéndole que pusiese modo avión, íbamos a despegar. Por suerte la conversación me dio la posibilidad de saber que era de la isla, su marcado acento mallorquín la delató nada más descolgar. También pude escuchar cómo su madre la llamaba Laura y así pude ponerle nombre a esa mirada. Normalmente no soy tan curioso y entrometido, pero me daba la sensación de que el universo había decidido cruzarla conmigo en ese viaje por motivos superiores.

Mientras la azafata nos explicaba a los dos, las medidas de seguridad y las responsabilidades que nuestro asiento requería, ella parecía distraída, pensando en sus cosas, supongo que en su vuelta a casa y en el reencuentro con su familia y amigos. No pude evitar distraerme con los movimientos de Laura dándole el bolso a la azafata. De repente me encontré soñando con la posibilidad que de algún modo íbamos a estar más unidos que dos compañeros de fila en un avión Barcelona-Palma de Mallorca.

Una vez habíamos despegado ella se puso los auriculares y mi intuición, alterada por su presencia, me decía que me acercase a escuchar su música a pesar de que su codo se interpusiese entre nosotros. Pude escuchar un poco de todo, rock clásico, folk, algo de indi… Cada canción parecía que me acercase más a ella y a su mundo interior.

Aterrizamos, parecía que nuestros caminos iban a seguir separados, en realidad, como había sido hasta aquel encuentro fortuito. No pude evitar sentir la incontrolable necesitad de hablar con ella, de preguntarle dónde vivía y si me podía acercar algún día para tomarnos un café. Fue entonces cuando mi torpe boca se interpuso a mis deseos y soltó un flácido “¡A…adiós!”. Ya era tarde, ella se alejaba camino al finger y por suerte me libré de aquella despedida autodestructiva. Aun así, salí con la plena sensación de que volveríamos a encontrarnos. Mallorca es muy pequeña.

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C A R A   B

No se podía creer lo que le estaba pasando. Su jefe, como de costumbre, la había interceptado justo antes de salir para consultarle un par de cosas. Una vez había escapado, ir en transporte público ya no era una opción, así que paró al primer taxi que encontró en dirección al aeropuerto. Menos mal que lo de correr cargada como una mula ya le era algo más que familiar. Por suerte se encontró la puerta de embarque abierta y aunque la responsable de la aerolínea había sido de lo más áspera con ella, entró triunfante, había llegado a tiempo. Aunque, “manda cojones”, pensó al verse entrando sofocada, sudada en zonas que ni sabía que podían sudar y lidiando con los movimientos cruzados de maleta, bolsa, cazadora y  móvil.

Poco le duró la sensación de éxito de haber llegado a tiempo. Buscó su asiento lo más rápido que pudo ya que, como siempre que llegaba tarde, se iba cruzando con las miradas de los típicos malhumorados. Como si el avión fuese a despegar antes de la hora planeada… “¡Oh! la fila ancha ¡que bien! No todo iba a ser cuesta arriba”. Al digerir ese pensamiento se arrepintió al instante de su prematura celebración.

– Què vols Mare?…Sí, ja som a s’avió… Jo que sé, no me veníeu a cercar voltros amb es cotxo?… No, no duc “dobbés” per a un taxi… arrib per s’horabaixa… idò que me vingi a cercar na Xisca i vos esper a ca seva… Mem, a von anau voltros p’es vespre?… D’acord quedem a sa parada de d’es port… mos estam moguen, Adéu!-* Colgó desencadenando varios resoplidos consecutivos, resultado de la llamada y de las insistentes prisas de la azafata para que apagase el teléfono.

La que le esperaba ese fin de semana… Desde que no vivía en casa, la relación con su madre había evolucionado a discusiones por tonterías y malentendidos varios y se había hecho un poco complicado el trato entre ellas. Solo podía pensar en la comilona que se pegaría cuando llegase a casa de sus abuelos para celebrar su cumpleaños y en la revitalizadora ducha antes de ir a tomar algo con sus amigas por la zona del puerto.

Se había olvidado de que en esa maldita fila ancha las ventajas empezaban y se acababan en la amplitud. No podía tener el bolso con ella, “motivos de seguridad” según la insistente azafata. Menos mal que el viaje era corto… y el tipo de al lado parecía tranquilo.

Para relajarse y empezar el fin de semana de buen humor sacó el Ipod que le había “cogido prestado” a su hermana a principios de año y le dio al play a ver si conseguía dormirse aunque fuese media hora. Dada la incomodidad sufrida en la última hora, decidió darse el gusto de ampliar el espacio que Ryanair daba por pasajero y alargó su codo hasta ocupar todo el reposa brazos que compartía con el de su izquierda.

A medida que iban pasando las canciones recordaba el sinsentido que había sido cogerle el Ipod a su hermana, no coincidían en ninguna canción. A la que habían sonado siete y otras muchas que pasó, abrió los ojos y decidió guardarlo. “Es muy fuerte lo poco que nos parecemos” se dijo a sí misma mientras enrollaba los auriculares.

Ya estaban aterrizando, respiró profundo un par de veces. Al fin y al cabo les echaba de menos, tenía ganas de verles y pasar este fin de semana con ellos, a lo mejor anulaba el plan con sus amigas y se pasaba el fin de semana en casa. Eso sí, nadie le quitaba que el domingo por la noche volviese a volar rumbo a Barcelona de nuevo

*– ¿Qué quieres Mamá?… Sí, ya estoy en el avión… Yo que sé, ¿no me veníais a buscar vosotros en coche?… No, no llevo dinero para un taxi… llego por la tarde… Que me venga a buscar Xisca entonces y os espero en su casa… A ver, ¿dónde vais vosotros por la noche?… Vale, quedamos en la parada del puerto… nos estamos moviendo, ¡Adiós!-

En la tienda

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Estaba siendo un invierno frío y a pesar de que las ventanas de la trastienda estaban todas bien cerradas, la humedad estaba empezando a hacerse con el ambiente. Port Douglas era un pequeño pueblo pesquero al noroeste de Australia con una modesta población. Allí, los padres de Ryan tenían una tiendecita de comestibles donde cada día después del colegio el corría a refugiarse. Su padre le había prometido que pronto le enseñaría a leer para que de mayor les pudiese echar una mano en la tienda.
Como cada viernes, su madre estaba agachada junto a una báscula pesando los kilos de legumbres que tenían en canastos de distintos tamaños en el suelo. Mientras tanto, su padre colocaba las botellas de leche que le había entregado hacía pocas horas el lechero.

Ryan acomodó su pequeño espacio en la trastienda para hacer los deberes que le habían puesto para el fin de semana. Abrió su cuaderno y entonces entró su padre, le besó en la frente y acercándose un taburete que guardaban para llegar a las cosas más altas de la estantería, se sentó a su lado. A sus 5 años, la tarea más difícil consistía en repasar una línea de puntos que formaban las vocales, pero aun así, a su padre le encantaba ayudarle en lo que fuese. “Algún día me tendrás que ayudar tu a mí, hijo” siempre le decía riendo.

– Mira Ryan, si coges el lápiz de esta forma te será más fácil hacer el ejercicio- le dijo, casi susurrando mientras le agitaba el pelo. – ¿Sabías que a tu edad, como aún no sabía leer, nos inventábamos símbolos con mis amigos para comunicarnos?
A Ryan le encantaba escuchar a su papá contarle las historias de cuando era pequeño y tenía su edad.

– Qué lástima no conservar ninguna de las fotos de cuando era más o menos como tú, podrías ver lo mucho que te pareces a mí- Estaban tan enzarzados en la conversación que no oían a su madre llamarlos para ir a casa a cenar, así que entró en la trastienda y dándoles un toque a cada uno en la espalda, dio por finalizada la conversación.

De camino a casa, sus padres siempre hacían un repaso de lo que faltaba por hacer en la tienda, así se organizaban las tareas para el día siguiente. A el le asignaron el gran labor de contar patatas. Mamá se puso a cortar la carne que había comprado en el mercado esa misma mañana para hacer estofado. Su padre y el se sentaron en el rincón favorito de Ryan de toda la casa. Este está suficientemente cerca de la chimenea para recibir luz pero no demasiado para prescindir de una manta. Su padre se acercó con un viejo libro con letras dibujadas. Con cada letra, le contaba una historia distinta, cada una vivía una aventura distinta.

Su aprendizaje fue mejorando. Empezó a aprender a contar, creció unos 8 cm más, ¡casi el más alto de la clase! La tienda también había ido prosperando mucho. Habían empezado a importar un par de productos británicos como el Marmite y parecía que a la gente de Port Douglas les encantaba ¡Toda familia tenía un tarro en casa! Eso les permitió poder ampliar un poco más la tienda y empezaron a vender flores que plantaban en el jardín de casa. A su madre se la veía más feliz que nunca con esa nueva labor.

Pero al parecer, por mucho que su familia estuviese prosperando, el mundo iba a la suya.

A finales de julio de 1914, su padre empezó a dejar a mamá sola en la tienda para ayudar al gobierno con unos temas de gestión y a mediados de agosto, la Fuerza Imperial Australiana empezó a reclutar soldados para ayudar a Gran Bretaña a combatir en la Gran Guerra. Su padre les intentó tranquilizar diciéndoles que él solamente ayudaría en temas de almacenamiento de alimentos dada su experiencia en el tema y por eso permanecería a salvo del conflicto.

Cada mes les escribía cartas contándoles lo exótica que era la comida, lo preciosos que eran los paisajes franceses, la de gente que estaba conociendo e incluso que se había encontrado con un primo lejano suyo en las tropas inglesas.

Le echaba tanto de menos que su ausencia dolía…

Junto con su madre decidieron hacer un trato mientras papá no volviese a estar en casa con ellos. No iban a leer ningún tipo de prensa que les pudiese dar alguna pista de cómo estaba yendo la Gran Guerra, incluso Ryan tomo la iniciativa y colgó un cartel en la puerta de la tienda rogando a los clientes que no hablasen de lo que estaba pasando en el frente. De este modo se protegían de cualquier preocupación infundada mientras las cartas de papá fuesen llegando.
Resultaba incluso tierno ver como, al entrar dos vecinos inmersos en conversaciones políticas e inevitablemente de como transcurría la guerra, Ryan, con su inocente sonrisa, señalaba el cartel. Los que conversaban tan pasionalmente, compresivos con la situación de su familia, sonreían y se centraban en sus compras.

Recién llegados de las vacaciones de invierno de 1916, unos hombres entraron en clase y solicitaron la presencia de la maestra de Ryan, al que le pasó desapercibida la escena. A los minutos, entró sola y mirándole con la expresión apagada le llamó para que la acompañase. En el pasillo esperaban dos hombres, uno muy mayor y otro manco.

– Ryan, estos hombres son veteranos del ejército y han venido para llevarte con tu madre- posó su húmeda mano en su hombro mientras se despedía con un suspiro.

Los dos hombres le custodiaron hasta llegar a un Lambert Roadster con la capota vieja y agujereada. Hicieron el camino en completo silencio. No preguntó a dónde le llevaban. Entraron en un edificio de ladrillos muy sencillo. Le acompañaron hasta una habitación con una pequeña ventana en la puerta. Nada más abrirla vio a su madre sentada con los ojos hinchados. En cuanto le vio, saltó de la silla abalanzándose sobre sus brazos. Le preguntó discretamente al oído si sabía de qué iba todo aquello y ella, entre sollozos, removió la cabeza.

La presencia de un hombre con uniforme, al que no había visto al entrar, interrumpió el abrazo. Se sentaron frente a él por inercia y tartamudeando, les comunicó que su padre había luchado y fallecido como un héroe en la localidad francesa de Fromelles. Tras un silencio de 5 largos segundos, su madre rompió a llorar cogiéndose fuerte de su mano. El hombre, embutido en un antiguo traje militar, les acercó un periódico local donde pudieron leer que su padre les había dejado el 20 de julio de aquel mismo año junto a 5.500 compañeros de la 5ª división de infantería. Aquel periódico describía aquella batalla como “las peores 24 horas de la historia de Australia”. Las letras se empezaron a nublar. El llanto de su madre le aturdía. El hombre que tenían delante, parecía balbucear alguna cosa sobre un cementerio que el ejercito ofrecía a las víctimas de la Gran Guerra no muy lejos de Port Douglas. Los ojos se le inundaron de lágrimas que no llegaban a fluir por sus mejillas. La sangre le dejó de circular por la mano que mamá le seguía sosteniendo. No podía respirar. Las paredes verdes de aquella oscura habitación se le venían encima. Necesitaba aire. La sala no tenía más ventanas que la de la puerta. Soltó su mano. Tiró el periódico a las rodillas de aquel hombre. Abrió la puerta y salió corriendo calle abajo. Paró cuando se encontró frente al mar. ¿Qué acababa de pasar?

Esa incertidumbre le persiguió desde el momento en que dejó atrás aquella sala. Parecía que su vida estaba transcurriendo igual que los meses anteriores. Papá no estaba, eso no había cambiado.
Fue creciendo y madurando, según mamá, se había convertido en todo un hombre, pero en cambio, el sentía un vacío por dentro que no le dejaba ser el hombre que había imaginado ser algún día.

Port Douglas fue creciendo y se convirtió en una gran atracción turística gracias a su proximidad al mar. La fama de la tienda, en consecuencia, también aumentó. Por culpa de la Gran Guerra, Gran Bretaña dejó de exportar Marmite y un empresario australiano ofreció a sus distribuidores un producto local para sustituirlo, el Vegemite. Y cómo no, fueron la primera tienda que lo vendió en todo Port Douglas. Gracias al éxito del Vegemite pudieron seguir ampliando el negocio y eso mantenía distraída a mamá. Aunque ya no se la veía con tanta alegría como antes la grana fluencia de clientes y la ayuda de Ryan en la tienda la mantenían a flote.

Al volver cada día a casa, el vacío le oprimía el pecho, le echaba tanto de menos que su ausencia le mataba por dentro… Cada noche, tumbado en su cama, volvía a aquella oscura sala verde, con sus sillas ocre, demasiado incómodas para recibir malas noticias.

Tan incómodas que incluso en 1923, cuando se tubo que volver a sentar en ellas le transportaron no solo espiritual, sino también físicamente a aquella sala donde todo se rompió, donde dejo de ser el mismo.
Les habían invitado a la presentación del memorial de los australianos caídos en la Gran Guerra en uno de los parques más céntricos de Port Douglas. Así que allí estaban, su madre, otras familias de las víctimas y algunas personalidades políticas relevantes, delante de lo que parecía un obelisco cubierto por la bandera de Australia. Mientras sonaban las trompetas, una mujer deslizó la bandera descubriendo la figura de un soldado en guardia sobre una elevada base de piedra. Ante ellos se encontraba una placa con todos los nombres de los familiares caídos en la Gran Guerra, entre ellos su padre: Jakob Taylor.

El acto no tardó en concluir y al levantarse, un hombre de unos 40 años mayor que Ryan, se le acercó con los ojos bien abiertos. Le tendió cordialmente su mano y las agitaron.

– Perdona mi sorpresa, pero eres la viva imagen de tu padre- Sus palabras le provocaron un escalofrío de pies a cabeza.

Se metió la mano en el bolsillo interior de su gabardina y sacó un sobre amarillento con un sello francés y su nombre completo en él.

– Conocí a tu padre en Francia, fui su general y sobre todo, su amigo- tragó saliva antes de proseguir- Días antes de la batalla de Fromelles, tu padre, me dio este sobre en custodia para que le recordase que lo tenía que mandar. “Tiene que llegar para su décimo cumpleaños” me repitió una y otra vez. Pero por lo ocurrido…- se le empezaron a humedecer los ojos y la mano que sostenía el sobre empezó a temblar- Cuando me recuperé de las heridas de guerra- prosiguió con la voz quebrada- me prometí a mi mismo que te entregaría esta carta en persona, costase lo que costase. Se lo debía.

Le entregó el sobre amarillento junto con otro menos castigado por el tiempo. Según el general, relataba algunas de las historias que vivió junto a su padre en Francia. Pero por lo que le intentó explicar, ya casi entre sollozos, eran demasiado duras de recordar como para mantener la compostura.

– Prefiero que tú y tu madre las podáis releer las veces que necesitéis- Asintió un par de veces con la cabeza y tras agitarle otra vez la mano, esta vez más contundente, se puso su gorra y se fue.

La carta de su padre resultó algo escueta, pero él no tenía forma de saber que iba a ser su última carta. Decía así:

Ryan hijo, muchas felicidades en tu décimo cumpleaños. Espero que estés creciendo como el hombre que te enseñé a ser y con el respeto que sé que tu madre te transmite día a día. No puedo imaginar el momento en que vuelva y te dé un abrazo con la fuerza de todos los que no te estoy pudiendo dar estos días. Espero que estéis bien.

 Dile a mamá que la quiero y por supuesto, a ti también.

 Nos vemos pronto hijo.

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IRREFLEXIÓN

Es curioso lo mucho que se parecen las mañanas de lunes a viernes. Ver a Natalia a primera hora del día lo ilustra muy bien. Pase lo que pase, Natalia, cada mañana se despereza, se quita las legañas, se levanta de la cama y va derecha a hacerse un café en su máquina Nespresso. Al salir de su habitación siempre se topa con la cinta de correr que se compró hace dos años y que ahora no cumple otra función que soportar el peso de sus abrigos y otras prendas voluminosas que no caben en su rebosante armario. Se la compró con la ilusión de ponerse en forma y de volver a encajar sus piernas en una 36, pero a los dos días de tenerla en casa, Natalia colgó su primera trenca en el manillar dándole una segunda y permanente función a la cinta de correr de 2700€.

Suele salir puntual de casa, vive a dos manzanas de su trabajo, así que no depende del transporte público. Es lunes y esperando a que el primer semáforo de peatones se ponga en verde, le vibra el móvil en el bolsillo. En la pantalla ve: “Manuel: Hola guapa, ¿qué tal has dormido?”. Qué pesado…, al instante, Manuel manda otro mensaje: “Lo pasé muy bien contigo el sábado, me alegro de que Eli se hubiese quedado en casa”. “¿Eli?, debe de ser la novia de la que me habló” pensó Natalia metiéndose el móvil en el bolsillo, olvidándose del mensaje de Manuel.

Natalia tenía un modesto puesto y su consecuente sueldo que la hacía ponerse a dieta cada final de mes. Parecía que era un mes bajo de trabajo y en vez de reunirse en la cafetería a charlar sobre el fin de semana con sus compañeros, Natalia abrió una de las muchas newsletters de las tiendas de ropa online que frecuentaba y empezó a añadir prendas a la cesta. Hacía relativamente poco la estación había cambiado y principio de mes siempre es un buen momento para comprarse algún capricho. A su lado, en la mesa, el móvil iba vibrando con algún mensaje de alguno de los mil grupos a los que pertenecía. Solo miró uno de Silvia recordándola que habían quedado para ir a comer.

A la una y media Natalia salió escopeteada para reunirse con su amiga en el restaurante de menú que habituaban. Le contó que el sábado salió con sus primas y, como estas son unas aburridas, se puso a hablar con un tal Manuel para entretenerse y tal vez, conseguir alguna copa gratis. Hubo algún beso. Le enseñó el mensaje que aún no había contestado para poder reírse de ese pobre ingenuo con su amiga. A Silvia le había cambiado la cara a media historia. “Natalia, ¡este chico tiene novia!, ¿has pensado acaso en ella? Imagínate que ese tal Manuel fuese Jorge, de verdad que a veces no hay quien te entienda…”. Sí, parece que Silvia se ha molestado, que susceptible puede llegar a ser.

Al acabar su jornada, recordó que aún no había contestado a Manuel. Al coger el teléfono vio, desde la pantalla de bloqueo, un mensaje de un número desconocido: “Soy Eli, la novia de Manuel. La próxima vez, ten más cuidado con quien te restriegas y ¡deja a mi chico en paz!”

¿Cómo se había metido en tal lío? Si ella solo quería un ron con cola gratis… Bloqueó su teléfono, colgó su chaqueta en la máquina de correr y se tiró en la cama pensando en qué película podía ver esa noche.

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