ABRE LOS OJOS

Se podría decir que vivía en una rutina. Llevaba un par de días dándole vueltas a esa idea y cada vez estaba más convencida de que así era. Nunca se hubiese imaginado que sería el tipo de persona que acabaría llevando una vida rutinaria, pero así era. Al final las circunstancias son las circunstancias.

Llevaba allí cuarenta y tres días. Cuarenta y tres días sin hablar con sus padres, cuarenta y tres días comiendo prácticamente la misma masa áspera e insípida. Mil treinta y dos horas casi postrada en la misma posición. Y lo sabía porque contaba la cantidad de veces que la visitaba.

Podría estar agradecida de que, por lo menos, él tuviese la delicadeza de asearla. Aunque sabía que era un acto totalmente egoísta dentro del juego de mal gusto en el que se había visto involucrada. Era más que consciente de que el contacto con él, aunque fuese a través de una esponja, le daba asco. Sin embargo, era por su bien.

Se puso a pensar, qué había estado, ¿tres días? ¿cuatro? No recordaba exactamente cuantos días estuvo libre en ese lugar, si estar encerrada se podía llamar libertad. Aunque cualquier cosa era mejor que los calambres y las heridas provocadas por las correas.

Tal vez debería haberse portado mejor, sin paranoias, sin agresividad… Pero ¿qué tonterías estaba pensando? Llevaba cuarenta y tres días desnuda en una habitación a oscuras. ¿Qué tenía que hacer? ¿quedarse quieta? ¿dejarse a merced de quien la custodiaba? Ella no era así, iba a morir matando, lo tenía clarísimo. Aunque ser así le había traído el castigo de estar atada en una cama con los ojos vendados…

Abre los ojos.

Cuando, a los tres días, la ató, decidió también que era buena idea taparle los ojos, a ver si con un sentido menos se volvía menos revoltosa. Capullo. A los seis días de estar atada, la cinta de los ojos se había aflojado y aunque de vez en cuando se la volvía a apretar, una nueva paranoia se unió a las que ya le rondaban la cabeza. ¿Y si no podía volver a abrir los ojos? ¿Y si las lágrimas y las legañas se resecaban tanto que los párpados se soldaban? Era un poco desagradable notar la tela vieja y sucia al abrir los ojos, pero no iba a permitirse perder la vista. Esta mierda de vivencia le iba a arrebatar muchas cosas, pero la vista no iba a ser una de ellas.

Se sentía débil, había intentado forcejear, pero solo conseguía perder fuerzas, así que llevaba días ahorrando energías.

La puerta se abrió interrumpiendo sus pensamientos. Cerró los ojos. Buenos días. Silencio. Ruido de cubo metálico entrando en contacto con el suelo. Esponja húmeda recorriendo su cuerpo de arriba a bajo. Respiración acelerada. Golpe del taburete por encima de su cabeza. Peine desenredando su larga melena. Su cara sumergida en su mata de pelo. Aspira su alma a través de su cuero cabelludo. El ruido de la fricción empieza a acelerarse. Él gime. Él explota. Deja todo su cuerpo untado, manchado, masacrado. Nota las nauseas, pero esta vez no vomita. Él se va. Cierra la puerta. En poco tiempo nota como el líquido se enfría y encartona su piel. La puerta se abre. Cambia la posición del taburete. Hora de comer. Intenta meterle parte de la masa pastosa en la boca. Es complicado tragar boca arriba. Clic. La luz del flash atraviesa la sucia tela e impacta en sus párpados cerrados. Él se va. Otro día más.

Abre los ojos.

El cerrojo de la puerta chirrió con el roce del movimiento. Cerró los ojos. Buenos días. Silencio. Dejó el cubo en el suelo, una gota le salpicó en la mano. Empezó por la clavícula. Como siempre. El agua estaba fría y la esponja áspera. Notó como su cuerpo se tensó cuando empezó a bajar por el tronco. El agua estaba más fría de lo normal. Cuando llegó al ombligo, su cadera dio un salto separándose levemente de la cama. Entonces cayó. Solo estaba atada de pies y manos.

Siguió bajando. Notaba su respiración en los muslos, se giró para volver a mojar la esponja. ¡AHORA! Levantó la rodilla con la poca fuerza que le quedaba. Escuchó cómo se quejaba de dolor y su cuerpo caía al suelo. Le había pillado con la guardia baja.

Le pareció oír un leve pinchazo. Como si una rueda de bicicleta se pinchase, seguido de murmullos y quejidos ininteligibles. Esperó. Notaba una breve corriente rozándole la piel todavía mojada. La puerta seguía abierta, él seguía allí. Esperó. Nada.

Se revolvió todo lo que pudo para deshacerse de la tela que le cubría los ojos. Hacía un par de días de la última vez que se la había ajustado así que le fue fácil librarse de ella. Volvió la cabeza. Todo era negro. Mierda, no veía nada. Esperó unos minutos hasta que pudo ver una fina raya de luz cruzando el techo. Volvió a girar la cabeza. Su brazo, atado en la esquina superior de la cama, le impedía ver nada. Levantó la cabeza hasta que pudo verle. Estaba tirado en el suelo. No se movía. Ya no oía sus quejidos, no estaba siquiera respirando.

Volvió a mirar a la luz, esta vez la del suelo. Notó cómo la nuca le pedía volver a tumbarse, pero justo cuando iba a hacerlo algo se movió en la luz. Esperó por si alguien entraba. Silencio. Volvió a levantar la cabeza y vio un líquido oscuro brillando y ganando terreno.

La alegría empezó reavivar tras tanto tiempo ausente. Podría salir de allí, huir, escapar, deshacerse de estos cuarenta y cuatro días de mierda. Luchar para borrar las mil cincuenta y seis horas de soledad y oscuridad. Podría volver a su casa, a su vida, a su no rutina, podría…

No tenía forma de salir de allí. Seguía atada. A pesar de que las correas de las piernas estaban algo más flojas que las de las manos, no había forma de destensarlas. Se volvió a tumbar. La raya de luz que cruzaba el techo había disminuido. Estaba oscureciendo.

Iba a morir matando. Hizo un recuento de la cantidad de cosas que esta vivencia le había arrebatado, añadió una última. La esperanza.

Cerró los ojos.

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