Los años siguen pasando

El jueves era día de colada. Y a pesar del caldo haciendo chup chup a fuego lento, la casa estaba en completo silencio así que Belén aprovechó para poner un poco de música tranquila que la acompañase mientras recuperaba la ropa seca. Era un día de Doris Day, así que con el leve chasquido del vinilo cayendo, empezó a sacar pieza por pieza, la ropa de la secadora mientras tarareaba las partes que se sabía. Alex únicamente vestía chándal, pero aun así se sentía con la responsabilidad de planchar cada pieza. Doblaba  todos los pares de  calcetines en un perfecto ovillo. Su ropa interior requería de la minucia de tres pausados movimientos y sus chaquetas llenas de agujeros, aunque ya no tuviesen espacio para más remiendos, necesitaban ser tratadas con la máxima delicadeza, como si de una pieza de seda se tratase.

Belén amaba esa casa, en ella había transcurrido la mejor época de su vida y cada rincón de ella, ocupado con marcos de fotos que inmortalizaban momentos felices, era un claro reflejo de esos buenos años. Mientras paseaba el plumero, al ritmo tranquilo y delicado que la canción marcaba, sobre los marcos que adornaban todo el salón, recordaba el día en que entró por primera vez con Alex en brazos en aquel amplio y luminoso salón. Todas las veces que, casi compulsivamente, le había curado las heridas en el baño de al lado de la cocina, como si de un box improvisado de enfermería se tratase. La cantidad de alegrías que tanto a su marido como a ella les había dado al entrar corriendo con un nuevo trofeo en brazos para colocarlo en la vitrina que presidía el salón… A estas alturas, siempre se ponía mustia frente la foto que coronaba la estantería del orgullo (así era como la  llamaban él y su padre con gestos que ensalzaban su masculinidad), revivía la tristeza a la que a ambos se tuvieron que enfrentar al verle marchar a recorrer mundo para cumplir su sueño. Recordaba con frecuencia lo enfermo que se puso Julián cuando Alex volvió a casa al cabo de los años y lo importante que supuso ese cambio de rumbo.

Con suma delicadeza, abrió la puerta derecha de la vitrina y cogió el fino marco. Con la instantánea entre las manos posó todo su fatigado cuerpo en el sofá y dejó que su mirada se perdiese en la imagen de su hijo inclinado sobre su Rayo invencible. Colocó la fotografía en la bandeja y subió las escaleras con lentitud a pesar de sus grandes esfuerzos.  Iba avanzando, escalón a escalón, con los ojos posados en la foto. A Julián siempre le había molestado que ella quisiese guardar un recuerdo de ese día, ella le solía decir que era importante tenerlo presente y que se merecía una buena posición en la vitrina del orgullo como cualquiera de los muchos trofeos que ocupaban los distintos estantes. Aunque ella sabía que, en realidad, poco tenía que ver la fotografía con que frecuentase tanto ese día.

El ambiente estaba demasiado abarrotado para ella. Julián parecía estar más cómodo, pero él formaba más parte de esa cultura. Absolutamente todo a su alrededor emitía alguna clase de rugido, pitido o zumbido. Se habían cruzado medio mundo para asistir a ese alborotado espectáculo de ruidos solamente para ver a su hijo un instante fugaz cada 20 minutos. Nunca entendería ese deporte.

“Masharello vuelve a intentarlo por el interior, Luis Ferrer no le da paso, lo vuelve a intentar, esta vez desde más cerca, parece que puede alcanzarlo.”

Encima se habían puesto justo debajo de un altavoz.

-¿Cuándo va a pasar Alex? Hace rato que no le veo.

-Debe de estar a punto, fíjate bien. – Julián no apartó la vista de la pista. No estaba para atenderla.

“¡Ahí va otra vez! El interior de Masharello, Ferrer sigue luchando por su oportunidad, pelea el podio con Lavinge, vamos a ver qué sucede, parece qué el circuito no está de su parte esta mañana, se va a escapar Ferrer y va a conseguir la victoria, ¡asombroso! ¡¿Qué hace ese pato ahí?!”

-¡Mira Julián allí está Alex! –Señalaba orgullosa la moto amarilla de su hijo.

-Si sigue así va a clasificarse ¡DALE HIJO!.

-¡VAMOS ALEX!

Ella no entendía exactamente la importancia de esa competición, pero nunca había visto a su marido tan nervioso.

“¡Última vuelta! ¡última vuelta! Pato mete la moto, le quedan ya muy pocas curvas, atención Pato a ver si puede mantener, Ferrer sigue marcando a Masharelo de cerca… ¡AAiiii! ¡Cuidado! ¡OOH! Pato, Pato se ha ido al suelo, se ha quedado sin casco, ha chocado con Lanvinge y ha chocado con, uy uy uy uy uy ¡qué golpe!, qué golpe de Pato, se había tocado antes con Eduards yo creo, se lo ha encontrado en el suelo y ahí se han ido todos al suelo y Pato estaba en el, BANDERA ROJA, Pato se ha quedado en el suelo y del golpe que se ha llevado no tenía el casco, vamos a ver que nos…”

Un insistente pitido golpeó con fuerza su cabeza. Rápidamente sintió que algo no iba bien. ¿Acababa de oír que su hijo se había quedado sin casco? La gente se empezó a mover con brusquedad. Los rugidos cesaron. Un grupo de técnicos la cogieron del brazo y se la llevaron. Julián estaba con ella. Sentía todas las miradas de su alrededor fijadas en ellos. ¿Dónde estaba Alex?

-Hola cariño. ¿Cómo estas? Te traigo sopa.

-Gracias Mamá, pero hoy prefiero que me la des tu. ¿Vuelves a subir la foto?

-Si mi amor, hoy hace seis años que se tomó y quería recordarlo contigo.

-Mamá, ya sabes que no me importa recordar ese día por mí, pero por papá…

-No te sientas culpable cariño. Papá no enfermó por ti, ya lo hemos hablado, simplemente no pudo luchar contra nuestra realidad, pero no hablemos de eso. ¿Te parece si después de la sopa hacemos los ejercicios de piernas?

-Pero mamá- Alex vio la incipiente mirada cristalina de su madre – Vaaale, pero luego me tendrás que peinar como la semana pasada apartándome el pelo de la cara que sino me estará picando la nariz durante horas.

-Por supuesto cielo.

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