Por la mitad – Parte 1/3

Todos los presentes tenían la mirada clavada en mí. Querían que empezase a hablar, cerrar por fin el tema. Irse a sus casas a seguir con sus vida e intentar olvidarse de mi nombre. A pesar de toda la concienciación y preparación de la última semana, no me veía con fuerzas de contarlo y afrontar lo sucedido una vez más. Apoyé las manos sudorosas en los pantalones seleccionados detalladamente para esa ocasión. Esa mañana había decidido no ponerme gafas ni lentillas para evitar ver las caras que sabía que me estarían mirando expectantes. Quería convertir todo lo que fuese a suceder en las próximas horas en difuso, alejar cada segundo lo máximo posible de la realidad y que todo desapareciese igual que había llegado, de golpe y sin avisar.
Sabía que eso era imposible, pero forzar la poca definición de lo que estaba por venir, me ayudaba a estar tranquila, o al menos, a eso me aferraba.

Cogí toda la carrerilla que las dos horas escasas de sueño me permitieron y me lancé a ese mar de miradas anhelantes por verme sufrir:

– No sabía como había llegado hasta allí. Y no me refiero al allí espacial, sabía perfectamente que estaba a escasos diez metros de mi casa, sino cómo me llegué a encontrar en esa situación.

Siento unos espasmos que hacen que pierda el control de las piernas, el abdomen se tensa como si de una armadura de hierro se tratase y los ojos se me empiezan a nublar. Mantente firme, esto no ha hecho más que empezar.

– Eran pasadas las seis de la tarde. Tenía planeado ir a visitar a mis abuelos a la ciudad así que, como justo estaba empezando a atardecer, me puse las gafas de sol y salí de casa en dirección al coche.

Al decir “coche” noto como se me reseca la garganta. Bebo un poco de agua del botellín que alguien me había dejado allí. Recuerdo el día en que mis padres me regalaron el coche. Debía de hacer un mes que me tenía el carnet de conducir y justo volvía a casa a pasar el fin de semana. Y allí me lo encontré, delante de la puerta de casa, una bolita roja esperándome. A la que despegué la mirada del coche, me encontré con la de mi madre y mi padre mirándome casi escondidos entre los setos esperando mi reacción. No sabría decir quién estaba más emocionado.

– El sol estaba a esa altura en la que corta por la mitad la mirada y molesta mucho en los ojos. Como llevaba las gafas de sol puestas, no le di más importancia. Encendí la radio, puse el aire acondicionado, me abroché el cinturón y arranqué.

Tragué saliva.

– Iba con tiempo. No tenía ninguna prisa.

Respiré hondo.

– En la primera curva, dejando atrás mi casa, quedé expuesta y el sol me golpeó de frente impidiendo que viese con claridad. Al instante, levanté el brazo para bajar el visor e impedir que el sol siguiese invadiendo mi campo visual. En ese fugaz momento…

Hasta aquí pude recitar lo que llevaba semanas preparando y repitiéndome una y otra vez. Es curioso porque allí sentada, con todo el mundo mirándome, tuve la misma sensación que cuando era pequeña y tenía que recitar un poema en clase. Los dos primeros versos casi los dices de carrerilla, sin pensar, suena incluso como si estuvieses cantando la canción que lleva sonando todo el verano en la radio, pero a la que llegas hacia la mitad, te das cuenta de que las líneas que tenías aprendidas se van desvaneciendo y se materializan en una nube negra que no te deja mirar lo que tenías grabado, casi con sangre, en tu memoria.

– Escuché como un grito agudo se me venía encima. Yo seguía sin ver nada. Por instinto presioné con fuerza el pedal del freno, pero justo entonces sentí como el coche pasaba sobre un bache que ahogaba el grito dando paso a un grito más grave y horrorizado que se acercó como un rayo.

Bajé la cabeza y miré las manos, seguían apoyadas en mis piernas, pero el pulgar derecho estaba cubierto de sangre. Paré de rascármelo e intenté evitar mover la mano para que nadie pudiese ver lo nerviosa que estaba.

– El coche se había parado completamente aunque el motor seguía en marcha. Al ver que una mujer empezaba a golpear la ventana del copiloto, paré el motor y me quedé quieta, en silencio.

Mi cabeza se ocupó de reproducir los gritos que cortaron ese silencio “¡Carla!, ¡NO!, ¡mi niña! ¿Qué has hecho?”. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo de arriba a bajo.
Frente a mi, todas las miradas de la sala se habían entornado para mi sorpresa. Aunque en ese momento no caí en ese detalle.
Noté como la lágrima que llevaba rato luchando por contener, empezó a resbalar por mi mejilla, rodeando la curva de mi barbilla hasta caer en la mano ensangrentada que estaba intentando esconder.

– Y ¿es a partir de ahí donde ya no tiene más recuerdos de lo sucedido?- Su tono escéptico, al ver que era incapaz de proseguir, no me intimidó. Tenía claro lo que había pasado y seguiría contándolo según lo tenía registrado en mi memoria, sin modificarlo por la sed de sentencia de la mayoría de los que me acompañaban en la sala.

Cogí un pañuelo de la caja que me habían dejado al lado de la botella de agua, a pesar de que sabía que no la habían dejado allí por mi. Intenté secarme la cara y dije que no con la cabeza.

– Lo recuerdo todo.

Y como si me hubiera trasladado allí de nuevo, empecé a narrar lo que vi:

“Yo estaba allí, en el coche, mirando al frente. Sentía la cabeza clavada sobre los hombros. No podía mirar a la mujer que me gritaba desesperada desde la calle. No podía siquiera soltar el volante. Mi cuerpo no me permitía intervenir de ninguna otra forma más en lo sucedido. Oí gritar a un vecino que la ambulancia y la policía ya estaban en camino. Eso era bueno a pesar de mi posición en ese escenario.
Como en un cambio de diapositivas, la ambulancia apareció y a toda prisa salieron dos hombres de dentro. A pesar de mi estado, reconocí a uno de ellos, era papá. Cuando vi que me reconoció, empecé a llorar de una forma incontrolada, inmóvil dentro del coche. Escuché sirenas de policía y veía el reflejo de las luces en los retrovisores. Supuse que, para no bloquear la salida de la ambulancia, habían estacionado detrás de mi coche.

Aunque muchos de los vecinos ya habían salido de sus casas por los gritos atrolladores que seguían desconsoladamente al lado del coche, las sirenas acabaron de alertar a los que estaban tranquilos en sus casas. No les veía las caras, aunque sabía que estaba expuesta a sus miradas de horror.”

Los ojos me empezaron a arder igual que me ardieron en ese momento. Creí no poder continuar, pero no se podía retrasar más, ya habían pasado semanas de lo sucedido y necesitaban respuestas.

“Vi como papá y su compañero salían disparados de la parte trasera de la ambulancia cargando una camilla y un bolsa colgada del hombro. Salieron de mi ángulo de visión colocándose casi bajo el coche. Los gritos de la mujer cesaron dejando paso a lo que sería mi condena personal para toda la vida. Pude escuchas los esfuerzos de mi padre reanimando a la niña que supuse, ya habían movido a la camilla.
Empecé a notar alboroto, se la estaban llevando con toda la rapidez que pudieron, mi padre era el que iba a estar con ella una vez arrancaran, así que no le podría ver más. Antes de perderse detrás de la ambulancia, me miró y, con la mirada más rota que le haya visto jamás, giró la cabeza de un lado a otro sin ningún signo de esperanza.
Mientras estaba intentando cuadrar su gesto en todo lo ocurrido, un agente dio un par de golpes a la ventana. “Señorita, tiene que bajar del vehículo, necesitamos hacerle unas preguntas”. Seguía sin poder moverme. Los ojos me ardían, y no podía ver nada.
La ambulancia se fue dejando la calle que habría cogido para ir a ver a mis abuelos libre y sin ningún obstáculo.

El policía volvió a dar un par de golpecitos. “¿Está bien? Necesitamos que baje del vehículo”. Al poco rato, llegó otra ambulancia. La chica que salió se acercó a mi e intentó convencerme de que saliera. Intenté abrir la boca, pero lo único que conseguí fue agraviar mi llanto. Notaba como las manos empezaban a perder fuerza de llevar tanto rato agarradas en tensión al volante.
Un pitido muy cercano me sobresaltó y entonces la chica de la ambulancia abrió la puerta y me cogió del brazo. Entonces vi que no entendían que no me estaba resistiendo, simplemente no me podía mover. Empezó a tirar de mi brazo y viendo la resistencia involuntaria del peso muerto de mi cuerpo, me desabrochó el cinturón e intentó sacar mis piernas del coche. Eso obligó a que todo mi cuerpo rígido se girase en esa dirección.
Allí vi a mi madre inmóvil con las llaves de repuesto en la mano. Tenía los ojos entornados y le temblaba la mandíbula. Estaba sujetando la chaqueta que la rodeaba todo el cuerpo. No hacía frío, pero entiendo que la imagen que estaba presenciando dejaba helado a cualquiera.”

Levanté la mirada al público. A pesar de verlo todo borroso, pude identificar la silueta de mi madre  con un leve temblor. Toda la sala se quedó en silencio tras mis palabras y su llanto silencioso cerró mi declaración.

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