Vientos del pasado

Unas cuantas gotas no iban a evitar que saliese a la calle a cumplir con su lista de tareas. Además la chica del tiempo había dicho que hacia las cinco pararía. No iba a necesitar mucho más rato el paraguas. Ir a recoger el vestido para la reunión de mañana, comprar las verduras para la crema de la noche, buscar unas medias bonitas y sacar dinero del cajero. Lo tenía todo controlado, no se le podía escapar nada. Camino a la tintorería se cruzó con un bebé de lo más adorable en brazos de su madre y rápidamente recordó que no se le podía olvidar el regalo para la baby shower de Martina.

Parecía que ya paraba de llover. Plegó el paraguas y se dispuso a cruzar la calle.

– ¡Fani! –

¿Fani? Quién podía llamarla así ahora…

– Hola…- contestó Estefi de lo más intrigada por saber quién era aquel individuo que la llamaba por su nombre de la niñez.

– ¿Qué tal Fani? ¡Cuánto tiempo! Creíamos que te habías ido de la ciudad.

¿De qué conocía a ese hombre? No pudo evitar dejar de escucharlo para ahondar en lo más profundo de su memoria a ver si conseguía relacionar su cara con un nombre, o al menos un lugar… ¿Del pueblo? No, todos los chicos eran más pequeños, además seguía en contacto prácticamente con todos ellos. ¿Del colegio? Recordaría si se cruzase con alguno de esos energúmenos. ¿De qué podía conocerle…? Decidió probar a ver si había suerte:

– Muy bien, haciendo unos recados, tú, ¿qué tal estás? ¿Cómo te va todo?

– Pues la verdad es que últimamente todo va viento en popa- El hombre suspiró- Mi padre murió hace un par de años, pero estamos todos bien, no te preocupes. “Tuvo padre, buen dato”, pensó Estefi. – Cuando acabé odontología sabía que algún día dirigiría la clínica de papá, pero nunca pensé que fuese tan pronto.

Volvió a mirarlo. Todos los recuerdos le llegaron a la vez. Él era ese capullo que, junto con sus amiguitos, hicieron un infierno de sus últimos cinco años en el colegio. Precisamente, su padre fue quien le colocó ese aparato dental exterior que fue motivo de burla de su querido hijito.

Javier seguía hablando de lo maravillosa que era su jornada en la consulta y lo mucho que seguía en contacto con toda la pandilla. “Toda la pandilla…” pensó mientras le chirriaban los dientes. ¿Por qué éstas cordialidades hacia ella? ¿Desde cuándo había sido santo de su devoción? Y ¿por qué seguía perdiendo el tiempo con ese canalla cuando tenía tantas cosas que hacer?

Intentaba disimular, intentaba que no se le notase todo el odio que estaba removiendo ese encuentro, las ganas que tenía de pegarle un puñetazo en la cara y seguir caminando, triunfante hacia la mercería. Iba asintiendo, soltando algún armónico mhh mhh mientras buscaba la forma de parar esa situación.

– Ostras, pues justamente la semana que viene habíamos quedado unos cuantos para cenar, estarán Julito, Róber, Laura, todos, vamos. Como has estado tan fuera de combate estos años no habíamos caído en invitarte. Vente va, ¡Será divertido!.

Mientras en su cabeza retumbaba un: “Si claro, divertidísimo, igual que aquella vez que entre todos me metisteis en un cubo de basura y me dejasteis en medio de una clase o aquella otra vez que…”:

– ¡Qué lástima! La semana que viene estoy fuera, pero a la siguiente seguro que me apunto.

– ¡Genial! No te puedes escaquear ¿eh? señora desaparecida- se alejó con una risa de lo más absurda.

“Muy bien vengada tu niña maltratada” pensó Estefi dándose la vuelta y cogiendo el pomo para entrar a la tintorería.

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