Puntos de vista

ELLA

No era la primera vez que se iba a dormir tan pronto. Llevaba un par de semanas que no aguantaba los silencios incómodos, las miradas rehuidas, las caricias contenidas y las lágrimas silenciadas. Irse a dormir a esa hora era la única forma de evitar encontrarse con él en el frío pasillo abarrotado de fotos de grandes momentos juntos, ahora marchitados por un tiempo que últimamente no les había tratado demasiado bien.

Sentía que tenía la culpa, algo había hecho mal para que las cosas se enfriasen tanto, para que él se hubiese alejado de una forma tan drástica. Llevaba dos semanas agotando todas sus energías para poder poner un poco de luz en todo aquel asunto. Aun así, no había encontrado una respuesta suficientemente razonable para el punto de no retorno en el que se encontraban. Sintió como una pena enorme la embargaba. Le quería tanto… no podía imaginarse una vida sin él y no era capaz de encontrar la solución que evitase perderlo…

Oyó un ruido, era la puerta de entrada. Se dio cuenta de que había llegado más pronto de lo normal. A lo mejor había estado pensando en toda aquella situación y venía para estar con ella, para volver a esos días en los que el calor reinaba en el piso, en los que las caricias, los besos y el sexo en cualquier rincón eran prioritarios. Empezó a escuchar su poca delicadeza dejando el abrigo, las llaves y los zapatos. ¿A caso no se daba cuenta de que estaba durmiendo? Se esforzó para que no se notase que estaba forzando cerrar los ojos. Puso su mejor cara de dormida esperando a que él le diese un beso de buenas noches. Enseguida notó como se metía en la cama, a su lado y dándole la espalda, apoyaba su cabeza en la almohada.

Otra noche que se quedaba sin beso…

Llevaban cinco años juntos, cinco años queriéndose como nunca jamás habían querido a nadie y aun así parecían completos extraños. Dejó que las lágrimas inundaran su cara. Notó como el pecho le empezaba a pesar. También, cómo se le abarrotó la garganta impidiéndola tragar. Habían tocado fondo.

Sintió que ese viaje había llegado a su fin, que todos los años y esfuerzos invertidos iban a tirarse a la basura a la mañana siguiente. Se dio la vuelta. Notó como su cabeza se empezó a saturar con los recuerdos de aquellas últimas semanas y sintió el dolor de cada caricia que la apartó con cualquier mala excusa, cada vez que encontraba cosas mejores que hacer que estar con ella, cada vez que forzaba acabar una conversación… Se volvió a poner en posición fetal. Todas aquellas veces que, con la escusa de irse a duchar, sin siquiera pasársele por la cabeza proponerle que fuese con ella, aprovechaba el ruido del agua cayendo, para llorar a lágrima viva. Volvió a ponerse mirando al techo.

Pero…un momento, llevaba dos semanas intentando buscar qué coño había podido hacer para que él levantase un muro entre ambos y aun así no había encontrado ningún diminuto motivo por el que ella fuese la causante de aquella situación. ¡¿Qué se había creído?! ¿Cómo podía ser que ella fuese moqueando por las esquinas y él ni se hubiese inmutado?. Así no actúan dos personas que se quieren, no era justo.

Empezó a darse cuenta de las ganas que tenía de volverse y plantarle una bofetada en su ridícula barba “de tres días”. Ahora sabía que no se merecía la guerra fría por la que le había hecho pasar. Y menos, después de tantos años dándolo todo por él, poniéndose a ella en segundo plano y haciendo sacrificio tras sacrificio por el bien de la pareja.

Hasta aquí había llegado, no podía seguir soportando estar a su merced.

Sí, tenían que hablar. Y por fin tenía claro lo que le quería decir.

Se había acabado.

ÉL

Esa noche no había podido alargar la vuelta a casa todo lo que a él le habría gustado. Los chicos se tenían que ir a casa, cada uno por sus motivos. Así que empezó a dirigirse, sin prisa, hacia su apartamento.

Subiendo cada uno de los escalones hasta el quinto se puso a contar los días que llevaba alargando el momento de llegar a casa, el momento de encontrase con ella, el momento de tener que rehuir su mirada por no saber qué decirle. Debía de hacer como dos semanas desde que todo se truncó.

Abrió la puerta y al entrar, se le cayeron las llaves al suelo. “¡Mierda!, como la haya despertado…”.  Si la encontraba despierta se vería obligado a fingir como llevaba fingiendo todo este tiempo. Mientras se quitaba los zapatos, se puso a pensar, cosa que no se había permitido hacer hasta entonces. Se dio cuenta de que no le apetecía verla, que la ilusión de volver a casa y sorprenderla con un beso se había esfumado. Ya no era lo mismo de siempre. Algo había cambiado, pero no sabía el qué.

Le costó recordar la última vez que habían ido juntos a cenar o a emborracharse a algún garito de mala muerte, como habían hecho siempre. Le daba la sensación de que ella últimamente prefería quedarse en casa y sino, siempre quedaban en grupo.

Entró en la habitación. Sintió un enorme alivio al ver que ella seguía dormida. Con algo de prisa para refugiarse en el calor del edredón, se metió en la cama y cerró los ojos. Notó como ella se había puesto a llorar, intentando, con mejores intenciones que resultados, disimular el llanto. Uy, vale que estaban mal, pero, ¿llorar? ¿qué había sido de la chica que se comía el mundo? Tampoco había para tanto ¿no? O tal vez sí… Empezó a repasar sus últimos encuentros y a rescatar las miradas y expresiones de ella que en su momento le habían pasado totalmente desapercibidas. Realmente llevaba un tiempo portándose como un completo imbécil y ella no tenía la culpa.

Notó cómo ella se empezaba a revolver, inquieta, en el otro lado de la cama. Esos movimientos le recordaron las primeras veces que habían dormido juntos. Ella, dormida, no paraba de pegarle patadas y codazos. Él, con la ilusión que se tiene en los primeros meses, lo encontraba adorable. De hecho, por eso la llamaba cariñosamente “revoltosa”. Por un momento, la vio con los ojos de entonces, con su reír a trompicones, sus movimientos lentos y despreocupados, sus dulces y firmes besos, sus pequeños pechos, su forma de darle los buenos días, sus ganas de todo con él.

¿Qué había estado haciendo estas últimas semanas?

Mañana hablaría con ella. Sí, le pediría perdón por ser un completo imbécil y la abrazaría. Le diría que la quería y que haría todo lo que estuviese en su mano para hacerla reír. Lo tenía todo claro.

Mañana sería un nuevo comienzo.

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