El vuelo

C A R A   A

 Hay quien cree que llegar el primero hace la espera más larga. Quien piense eso es que se ha fijado poco en lo que le rodea. El secreto está en disfrutar del espectáculo que la diversidad de la gente ofrece. Ya sentado, mi devoción por observar a la gente sufrió un giro completamente nuevo para mí. Esperaba, como siempre, ver a todo el mundo sentarse en sus apretujados asientos, agobiados por meter sus trolers en un reducido espacio y con la mirada puesta en sus vacaciones. Creía que estaban a punto de cerrar las puertas, hacía rato que no había mucho movimiento por el pasillo, pero entonces entró ella. Llevaba el billete entre sus labios pintados de un tono berenjena rebajado (supongo que por el trajín de todo el día), un moño caído hacia la derecha y unas gafas de sol que reposaban sobre su redonda nariz.

Ese día, victorioso por mi agilidad al hacer el check in, me hice con uno de los solicitados asientos de la espaciosa fila 16. El avión no iba muy lleno y aquella última pasajera podría sentarse en cualquier sitio. La vi chequear varias veces su billete con las filas que iba pasando, como si creyese que se las podía saltar. Cuando se encontró frente al amplio espacio de mi fila, dejó su bolso, su cazadora y su teléfono para colocar su troler en el compartimento de enfrente, ya que el que teníamos encima, estaba lleno. Al volverse en mi dirección vi que volvía a tener el billete entre sus labios. Se sentó, y la corriente que se creó con su gesto descendiente, me hizo llegar el olor a su afrutado perfume. De cerca pude ver que tenía pecas en sus mejillas y alguna cicatriz, con su piel no pueden ser de acné, debió de pasar la varicela de pequeña, seguro.

Colocó su rebosante bolso (de biquinis para estrenar en sus vacaciones en Mallorca , supongo ahora) y al incorporarse, su móvil empezó a sonar, no pude evitar mirar la pantalla, ponía: “Mamá llamando”. Me dio la sensación de que venía de una buena familia, su madre seguramente la llamaba para desearle un buen viaje, para recordarle que les llamase al aterrizar. Ella descolgó el teléfono después de resoplar, debía de estar cansada por las prisas con las que había llegado. No estuvo hablando demasiado ya que la azafata la interrumpió pidiéndole que pusiese modo avión, íbamos a despegar. Por suerte la conversación me dio la posibilidad de saber que era de la isla, su marcado acento mallorquín la delató nada más descolgar. También pude escuchar cómo su madre la llamaba Laura y así pude ponerle nombre a esa mirada. Normalmente no soy tan curioso y entrometido, pero me daba la sensación de que el universo había decidido cruzarla conmigo en ese viaje por motivos superiores.

Mientras la azafata nos explicaba a los dos, las medidas de seguridad y las responsabilidades que nuestro asiento requería, ella parecía distraída, pensando en sus cosas, supongo que en su vuelta a casa y en el reencuentro con su familia y amigos. No pude evitar distraerme con los movimientos de Laura dándole el bolso a la azafata. De repente me encontré soñando con la posibilidad que de algún modo íbamos a estar más unidos que dos compañeros de fila en un avión Barcelona-Palma de Mallorca.

Una vez habíamos despegado ella se puso los auriculares y mi intuición, alterada por su presencia, me decía que me acercase a escuchar su música a pesar de que su codo se interpusiese entre nosotros. Pude escuchar un poco de todo, rock clásico, folk, algo de indi… Cada canción parecía que me acercase más a ella y a su mundo interior.

Aterrizamos, parecía que nuestros caminos iban a seguir separados, en realidad, como había sido hasta aquel encuentro fortuito. No pude evitar sentir la incontrolable necesitad de hablar con ella, de preguntarle dónde vivía y si me podía acercar algún día para tomarnos un café. Fue entonces cuando mi torpe boca se interpuso a mis deseos y soltó un flácido “¡A…adiós!”. Ya era tarde, ella se alejaba camino al finger y por suerte me libré de aquella despedida autodestructiva. Aun así, salí con la plena sensación de que volveríamos a encontrarnos. Mallorca es muy pequeña.

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C A R A   B

No se podía creer lo que le estaba pasando. Su jefe, como de costumbre, la había interceptado justo antes de salir para consultarle un par de cosas. Una vez había escapado, ir en transporte público ya no era una opción, así que paró al primer taxi que encontró en dirección al aeropuerto. Menos mal que lo de correr cargada como una mula ya le era algo más que familiar. Por suerte se encontró la puerta de embarque abierta y aunque la responsable de la aerolínea había sido de lo más áspera con ella, entró triunfante, había llegado a tiempo. Aunque, “manda cojones”, pensó al verse entrando sofocada, sudada en zonas que ni sabía que podían sudar y lidiando con los movimientos cruzados de maleta, bolsa, cazadora y  móvil.

Poco le duró la sensación de éxito de haber llegado a tiempo. Buscó su asiento lo más rápido que pudo ya que, como siempre que llegaba tarde, se iba cruzando con las miradas de los típicos malhumorados. Como si el avión fuese a despegar antes de la hora planeada… “¡Oh! la fila ancha ¡que bien! No todo iba a ser cuesta arriba”. Al digerir ese pensamiento se arrepintió al instante de su prematura celebración.

– Què vols Mare?…Sí, ja som a s’avió… Jo que sé, no me veníeu a cercar voltros amb es cotxo?… No, no duc “dobbés” per a un taxi… arrib per s’horabaixa… idò que me vingi a cercar na Xisca i vos esper a ca seva… Mem, a von anau voltros p’es vespre?… D’acord quedem a sa parada de d’es port… mos estam moguen, Adéu!-* Colgó desencadenando varios resoplidos consecutivos, resultado de la llamada y de las insistentes prisas de la azafata para que apagase el teléfono.

La que le esperaba ese fin de semana… Desde que no vivía en casa, la relación con su madre había evolucionado a discusiones por tonterías y malentendidos varios y se había hecho un poco complicado el trato entre ellas. Solo podía pensar en la comilona que se pegaría cuando llegase a casa de sus abuelos para celebrar su cumpleaños y en la revitalizadora ducha antes de ir a tomar algo con sus amigas por la zona del puerto.

Se había olvidado de que en esa maldita fila ancha las ventajas empezaban y se acababan en la amplitud. No podía tener el bolso con ella, “motivos de seguridad” según la insistente azafata. Menos mal que el viaje era corto… y el tipo de al lado parecía tranquilo.

Para relajarse y empezar el fin de semana de buen humor sacó el Ipod que le había “cogido prestado” a su hermana a principios de año y le dio al play a ver si conseguía dormirse aunque fuese media hora. Dada la incomodidad sufrida en la última hora, decidió darse el gusto de ampliar el espacio que Ryanair daba por pasajero y alargó su codo hasta ocupar todo el reposa brazos que compartía con el de su izquierda.

A medida que iban pasando las canciones recordaba el sinsentido que había sido cogerle el Ipod a su hermana, no coincidían en ninguna canción. A la que habían sonado siete y otras muchas que pasó, abrió los ojos y decidió guardarlo. “Es muy fuerte lo poco que nos parecemos” se dijo a sí misma mientras enrollaba los auriculares.

Ya estaban aterrizando, respiró profundo un par de veces. Al fin y al cabo les echaba de menos, tenía ganas de verles y pasar este fin de semana con ellos, a lo mejor anulaba el plan con sus amigas y se pasaba el fin de semana en casa. Eso sí, nadie le quitaba que el domingo por la noche volviese a volar rumbo a Barcelona de nuevo

*– ¿Qué quieres Mamá?… Sí, ya estoy en el avión… Yo que sé, ¿no me veníais a buscar vosotros en coche?… No, no llevo dinero para un taxi… llego por la tarde… Que me venga a buscar Xisca entonces y os espero en su casa… A ver, ¿dónde vais vosotros por la noche?… Vale, quedamos en la parada del puerto… nos estamos moviendo, ¡Adiós!-

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