En la tienda

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Estaba siendo un invierno frío y a pesar de que las ventanas de la trastienda estaban todas bien cerradas, la humedad estaba empezando a hacerse con el ambiente. Port Douglas era un pequeño pueblo pesquero al noroeste de Australia con una modesta población. Allí, los padres de Ryan tenían una tiendecita de comestibles donde cada día después del colegio el corría a refugiarse. Su padre le había prometido que pronto le enseñaría a leer para que de mayor les pudiese echar una mano en la tienda.
Como cada viernes, su madre estaba agachada junto a una báscula pesando los kilos de legumbres que tenían en canastos de distintos tamaños en el suelo. Mientras tanto, su padre colocaba las botellas de leche que le había entregado hacía pocas horas el lechero.

Ryan acomodó su pequeño espacio en la trastienda para hacer los deberes que le habían puesto para el fin de semana. Abrió su cuaderno y entonces entró su padre, le besó en la frente y acercándose un taburete que guardaban para llegar a las cosas más altas de la estantería, se sentó a su lado. A sus 5 años, la tarea más difícil consistía en repasar una línea de puntos que formaban las vocales, pero aun así, a su padre le encantaba ayudarle en lo que fuese. “Algún día me tendrás que ayudar tu a mí, hijo” siempre le decía riendo.

– Mira Ryan, si coges el lápiz de esta forma te será más fácil hacer el ejercicio- le dijo, casi susurrando mientras le agitaba el pelo. – ¿Sabías que a tu edad, como aún no sabía leer, nos inventábamos símbolos con mis amigos para comunicarnos?
A Ryan le encantaba escuchar a su papá contarle las historias de cuando era pequeño y tenía su edad.

– Qué lástima no conservar ninguna de las fotos de cuando era más o menos como tú, podrías ver lo mucho que te pareces a mí- Estaban tan enzarzados en la conversación que no oían a su madre llamarlos para ir a casa a cenar, así que entró en la trastienda y dándoles un toque a cada uno en la espalda, dio por finalizada la conversación.

De camino a casa, sus padres siempre hacían un repaso de lo que faltaba por hacer en la tienda, así se organizaban las tareas para el día siguiente. A el le asignaron el gran labor de contar patatas. Mamá se puso a cortar la carne que había comprado en el mercado esa misma mañana para hacer estofado. Su padre y el se sentaron en el rincón favorito de Ryan de toda la casa. Este está suficientemente cerca de la chimenea para recibir luz pero no demasiado para prescindir de una manta. Su padre se acercó con un viejo libro con letras dibujadas. Con cada letra, le contaba una historia distinta, cada una vivía una aventura distinta.

Su aprendizaje fue mejorando. Empezó a aprender a contar, creció unos 8 cm más, ¡casi el más alto de la clase! La tienda también había ido prosperando mucho. Habían empezado a importar un par de productos británicos como el Marmite y parecía que a la gente de Port Douglas les encantaba ¡Toda familia tenía un tarro en casa! Eso les permitió poder ampliar un poco más la tienda y empezaron a vender flores que plantaban en el jardín de casa. A su madre se la veía más feliz que nunca con esa nueva labor.

Pero al parecer, por mucho que su familia estuviese prosperando, el mundo iba a la suya.

A finales de julio de 1914, su padre empezó a dejar a mamá sola en la tienda para ayudar al gobierno con unos temas de gestión y a mediados de agosto, la Fuerza Imperial Australiana empezó a reclutar soldados para ayudar a Gran Bretaña a combatir en la Gran Guerra. Su padre les intentó tranquilizar diciéndoles que él solamente ayudaría en temas de almacenamiento de alimentos dada su experiencia en el tema y por eso permanecería a salvo del conflicto.

Cada mes les escribía cartas contándoles lo exótica que era la comida, lo preciosos que eran los paisajes franceses, la de gente que estaba conociendo e incluso que se había encontrado con un primo lejano suyo en las tropas inglesas.

Le echaba tanto de menos que su ausencia dolía…

Junto con su madre decidieron hacer un trato mientras papá no volviese a estar en casa con ellos. No iban a leer ningún tipo de prensa que les pudiese dar alguna pista de cómo estaba yendo la Gran Guerra, incluso Ryan tomo la iniciativa y colgó un cartel en la puerta de la tienda rogando a los clientes que no hablasen de lo que estaba pasando en el frente. De este modo se protegían de cualquier preocupación infundada mientras las cartas de papá fuesen llegando.
Resultaba incluso tierno ver como, al entrar dos vecinos inmersos en conversaciones políticas e inevitablemente de como transcurría la guerra, Ryan, con su inocente sonrisa, señalaba el cartel. Los que conversaban tan pasionalmente, compresivos con la situación de su familia, sonreían y se centraban en sus compras.

Recién llegados de las vacaciones de invierno de 1916, unos hombres entraron en clase y solicitaron la presencia de la maestra de Ryan, al que le pasó desapercibida la escena. A los minutos, entró sola y mirándole con la expresión apagada le llamó para que la acompañase. En el pasillo esperaban dos hombres, uno muy mayor y otro manco.

– Ryan, estos hombres son veteranos del ejército y han venido para llevarte con tu madre- posó su húmeda mano en su hombro mientras se despedía con un suspiro.

Los dos hombres le custodiaron hasta llegar a un Lambert Roadster con la capota vieja y agujereada. Hicieron el camino en completo silencio. No preguntó a dónde le llevaban. Entraron en un edificio de ladrillos muy sencillo. Le acompañaron hasta una habitación con una pequeña ventana en la puerta. Nada más abrirla vio a su madre sentada con los ojos hinchados. En cuanto le vio, saltó de la silla abalanzándose sobre sus brazos. Le preguntó discretamente al oído si sabía de qué iba todo aquello y ella, entre sollozos, removió la cabeza.

La presencia de un hombre con uniforme, al que no había visto al entrar, interrumpió el abrazo. Se sentaron frente a él por inercia y tartamudeando, les comunicó que su padre había luchado y fallecido como un héroe en la localidad francesa de Fromelles. Tras un silencio de 5 largos segundos, su madre rompió a llorar cogiéndose fuerte de su mano. El hombre, embutido en un antiguo traje militar, les acercó un periódico local donde pudieron leer que su padre les había dejado el 20 de julio de aquel mismo año junto a 5.500 compañeros de la 5ª división de infantería. Aquel periódico describía aquella batalla como “las peores 24 horas de la historia de Australia”. Las letras se empezaron a nublar. El llanto de su madre le aturdía. El hombre que tenían delante, parecía balbucear alguna cosa sobre un cementerio que el ejercito ofrecía a las víctimas de la Gran Guerra no muy lejos de Port Douglas. Los ojos se le inundaron de lágrimas que no llegaban a fluir por sus mejillas. La sangre le dejó de circular por la mano que mamá le seguía sosteniendo. No podía respirar. Las paredes verdes de aquella oscura habitación se le venían encima. Necesitaba aire. La sala no tenía más ventanas que la de la puerta. Soltó su mano. Tiró el periódico a las rodillas de aquel hombre. Abrió la puerta y salió corriendo calle abajo. Paró cuando se encontró frente al mar. ¿Qué acababa de pasar?

Esa incertidumbre le persiguió desde el momento en que dejó atrás aquella sala. Parecía que su vida estaba transcurriendo igual que los meses anteriores. Papá no estaba, eso no había cambiado.
Fue creciendo y madurando, según mamá, se había convertido en todo un hombre, pero en cambio, el sentía un vacío por dentro que no le dejaba ser el hombre que había imaginado ser algún día.

Port Douglas fue creciendo y se convirtió en una gran atracción turística gracias a su proximidad al mar. La fama de la tienda, en consecuencia, también aumentó. Por culpa de la Gran Guerra, Gran Bretaña dejó de exportar Marmite y un empresario australiano ofreció a sus distribuidores un producto local para sustituirlo, el Vegemite. Y cómo no, fueron la primera tienda que lo vendió en todo Port Douglas. Gracias al éxito del Vegemite pudieron seguir ampliando el negocio y eso mantenía distraída a mamá. Aunque ya no se la veía con tanta alegría como antes la grana fluencia de clientes y la ayuda de Ryan en la tienda la mantenían a flote.

Al volver cada día a casa, el vacío le oprimía el pecho, le echaba tanto de menos que su ausencia le mataba por dentro… Cada noche, tumbado en su cama, volvía a aquella oscura sala verde, con sus sillas ocre, demasiado incómodas para recibir malas noticias.

Tan incómodas que incluso en 1923, cuando se tubo que volver a sentar en ellas le transportaron no solo espiritual, sino también físicamente a aquella sala donde todo se rompió, donde dejo de ser el mismo.
Les habían invitado a la presentación del memorial de los australianos caídos en la Gran Guerra en uno de los parques más céntricos de Port Douglas. Así que allí estaban, su madre, otras familias de las víctimas y algunas personalidades políticas relevantes, delante de lo que parecía un obelisco cubierto por la bandera de Australia. Mientras sonaban las trompetas, una mujer deslizó la bandera descubriendo la figura de un soldado en guardia sobre una elevada base de piedra. Ante ellos se encontraba una placa con todos los nombres de los familiares caídos en la Gran Guerra, entre ellos su padre: Jakob Taylor.

El acto no tardó en concluir y al levantarse, un hombre de unos 40 años mayor que Ryan, se le acercó con los ojos bien abiertos. Le tendió cordialmente su mano y las agitaron.

– Perdona mi sorpresa, pero eres la viva imagen de tu padre- Sus palabras le provocaron un escalofrío de pies a cabeza.

Se metió la mano en el bolsillo interior de su gabardina y sacó un sobre amarillento con un sello francés y su nombre completo en él.

– Conocí a tu padre en Francia, fui su general y sobre todo, su amigo- tragó saliva antes de proseguir- Días antes de la batalla de Fromelles, tu padre, me dio este sobre en custodia para que le recordase que lo tenía que mandar. “Tiene que llegar para su décimo cumpleaños” me repitió una y otra vez. Pero por lo ocurrido…- se le empezaron a humedecer los ojos y la mano que sostenía el sobre empezó a temblar- Cuando me recuperé de las heridas de guerra- prosiguió con la voz quebrada- me prometí a mi mismo que te entregaría esta carta en persona, costase lo que costase. Se lo debía.

Le entregó el sobre amarillento junto con otro menos castigado por el tiempo. Según el general, relataba algunas de las historias que vivió junto a su padre en Francia. Pero por lo que le intentó explicar, ya casi entre sollozos, eran demasiado duras de recordar como para mantener la compostura.

– Prefiero que tú y tu madre las podáis releer las veces que necesitéis- Asintió un par de veces con la cabeza y tras agitarle otra vez la mano, esta vez más contundente, se puso su gorra y se fue.

La carta de su padre resultó algo escueta, pero él no tenía forma de saber que iba a ser su última carta. Decía así:

Ryan hijo, muchas felicidades en tu décimo cumpleaños. Espero que estés creciendo como el hombre que te enseñé a ser y con el respeto que sé que tu madre te transmite día a día. No puedo imaginar el momento en que vuelva y te dé un abrazo con la fuerza de todos los que no te estoy pudiendo dar estos días. Espero que estéis bien.

 Dile a mamá que la quiero y por supuesto, a ti también.

 Nos vemos pronto hijo.

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