Romper el huevo I

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Miguel tenia seis años, le encantaba la historia, comer anacardos y tenia muy interiorizado que había salido de un huevo. Es normal, ¿no? que un niño que no ha recibido ningún tipo de educación sexual haga suya la única versión sobre el nacimiento que les ofrecen nos dibujos animados, romper el cascarón del huevo para salir.

Le había dado tantas vueltas al momento en que rompió la cáscara para salir al mundo que se había transformado en un recuerdo. Le encantaba contarle a su madre el momento en que el empezó a verla a través de la cáscara, “como cuando jugamos a hacer sombras en la pared con papa” visualizaba. Lo más curioso de todo es que el relata el recuerdo de romper al cascarón con mucha energía, con muchas ganas de nacer y de ver que había más allá de esa pequeña habitación ovalada en la que, según él, esperó para ver a sus padres.

Sus padres, como es normal, no se habían atrevido a contradecirle, ya llegaría el complicado día en que le tuviesen que explicar, realmente como nace un niño, pero de momento, a sus seis años, guarda cierta ternura que crea haber nacido así.

Una día, leyendo un cuento al lado de su padre, desvió la vista hacia el periódico que este sostenía. En una de las páginas había una imagen de un huevo muy grande, un poco quebrado y con un gran mensaje sobre él: “El nacimiento de la vida en la tierra”, luego había más datos que le resultaban poco interesantes para sus fascinados ojos y el nombre del Museo de Historia Natural de su ciudad.

-Papá, papá, ¿Va a nacer un niño en el museo?

-¿Por qué lo preguntas Migui? – Preguntó su padre, desorientado después de que des abstraerse de las noticias de actualidad.

-En esa página hay un huevo muy grande, y habla sobre el nacimiento de la vida, ¿va a nacer un niño igual que yo?, ¿podemos ir?

-¡Ah! ¡Te refieres a la exposición de arqueología que el museo va a ofrecer este octubre!- Miguel le seguía mirando esperando una respuesta afirmativa.- Cada año organizan visitas guiadas para los alumnos de los colegios de la ciudad, creo que por curso, te toca el año que viene. Pero ese huevo, el de la foto, es un huevo de dinosaurio, no de niño, de ahí que tenga estas marcas en la superficie.

Los esfuerzos de los padres de Miguel para mantener la ilusión que tenía en haber nacido de un huevo, llegaban a límites peligrosos. Habían tenido muchas discusiones en cómo se lo tenían que decir y lo más importante, cuándo. Preocupados por las elaboradas descripciones de su hijo sobre sus meses dentro del huevo y las ganas que el recuerda que tenía por salir, sus padres habían hablado con profesores y profesionales para que les ayudasen a poder guiar a su hijo en su fantasía. Pero cuando hacían el intento de decirle la verdad, veían la sonrisa despreocupada y feliz de Miguel y creían que podían permitirle soñar un poco más.

En el colegio, Miguel, no llamaba mucho la atención, era un niño más. Le gustaba jugar con sus amigos, le costaba comerse las lentejas y le encantaban las clases de ciencias naturales e historia. Esto se daba a que eran las asignaturas que le daban pie a subirse a las nubes y a no bajar de ahí hasta que su madre le llamase a cenar. La evolución del ser humano, las batallas, los reyes, la jerarquía del reino animal… le apasionaba. Los días que volvía a casa después de tener cualquiera de esas dos asignaturas, se plantaba delante del primero que pillase, ya sea a su padre quitando los platos del día anterior del lavavajillas o a su madre colocando la compra. Miguel se plantaba en medio de la habitación y la llenaba con todas las historias y desencuentros que había aprendido ese día en clase. A sus padres les encantaba ver lo mucho que disfrutaba en el colegio y recordarles todo aquello que un día ellos también estudiaron. Pero sin duda alguna, lo que más disfrutaban era ver como Miguel le añadía un punto personal a todas sus historias, era el momento en que ellos veían como Miguel se cogía a una nube y se dejaba llevar entre todas las aventuras que se mezclaban en su cabeza castaña.

Un día, Miguel llegó con un sobre cerrado a casa y aunque no lo abrió, el niño pegaba saltitos de excitación y con leves chillidos le pidió a su padre que abriese la carta. Cuando la cogió, entendió al instante la exaltación del niño, había reconocido el logotipo del Museo de Historia Nacional del anuncio que vieron semanas atrás.

– ¿Qué pone?, ¿Puedo ir?, Me dijiste que los de mi curso iríamos el año que viene.

Su padre abrió la carta tranquilamente para no colaborar con la histeria de su hijo, como si no supiese de que se tratase. Miró al reloj y se dio cuenta que su mujer no tardaría mucho en llegar. Tendrían que volver a considerar contarle a Miguel el tema del huevo…

-¡Qué ilusión Miguel! Parece que vais a hacer una excursión la semana que viene al Museo de Historia Natural a ver la exposición de los dinosaurios. – Dijo su padre intentando esconder la preocupación latente que le rondaba la cabeza.

-¿Crees que podré tocar el huevo? Me traería tantos recuerdos…

En ese momento, su madre entró por la puerta. Vio que su entrada en escena había cortado una frase a su marido. Se quedó expectante a ver como avanzaba la situación.

– Cariño, no os van a dejar tocar el huevo, seguramente estará en una vitrina de cristal o detrás de unos cordones de seguridad. Piensa que son cosas muy antiguas y si todos las tocásemos se estropearían y los niños de otros cursos no podrían ir a la exposición el año que viene- Dijo su padre mirando fijamente a su mujer con mirada de auxilio.

Parecía que por el momento Miguel se había dado por satisfecho y se fue corriendo a su habitación.

-La semana que viene van con el colegio al Museo de Historia Natural y seguro que sacará el tema del huevo, hasta ahora no hemos tenido problemas pero, ¿Crees que podemos seguir alargando esa fantasia?- Se le notaba la preocupación en cada palabra que pronunciaba.

-¿No crees que estamos exagerando un poco la situación? Es solo un niño, no creo que pueda tener ninguna consecuencia negativa en que crea en su fantasía, ya sabes como es, vive en las nubes. Ya llegará el momento en el que esté preparado para entenderlo mejor.

Pasaron los días sin que el conflicto volviese a salir a reducir. A medida que se acercaba el día de ir al museo, Miguel estaba más contento y nervioso. Incluso rebuscó entre periódicos antiguos apilados en la cocina para buscar el anuncio de la exposición y se lo colgó cerca de la mesita de noche. Antes de irse a dormir miraba la imagen del huevo. Su mirada transmitía familiaridad, no asombro. No era algo novedoso para el ese huevo, lo miraba como aquel que mira por la ventana antes de aterrizar en su ciudad natal, con esa mirada que dice: “Ya llego a casa”.

Cuando el esperado día llegó todo parecía normal, Miguel se despertó, se puso sus zapatillas acolchadas y coloridas y de un salto fue a la cocina donde le esperaban sus cereales de chocolate en un cuenco de leche. Miguel es de los pocos niños a los que les gustan los cereales muy blanditos, así que su madre se los deja em remojo mientras el niño se despierta. Aunque su madre insistiese en que no se los comiese con ansias, Miguel arrasó el bol con los esponjosos aros chocolateados.

Se enfundó con su mochila y salió contento por la puerta de la mano de su padre. Esperando al autobús, su padre miró a Miguel con una mezcla de preocupación y de ilusión al ver a su hijo tan entusiasmado. El bus no tardó en llegar y Miguel se subió de un salto despidiéndose de su padre con la mano.

Los autobuses de colegio parecen todos iguales, niños sentados en sus sitios, algunos se quedan dormidos por el peso de la mañana, otros juegan con algún muñeco que se habrán traído de casa, las niñas admiran las trenzas de sus compañeras. Existe un murmullo por lo general que en un autobús lleno de adultos, a esas horas de la mañana, no se daría.
Una vez en el colegio, se reunieron todas las clases del curso de Miguel para recoger las autorizaciones y volverse a subir al autobús que les llevaría al museo.

El viaje se le hizo muy largo a Miguel. Su colegio se situaba a las afueras de la ciudad y el museo estaba en un una zona céntrica de la ciudad, aunque eso Miguel, con sus seis años, no era consciente. Todos los niños bajaron en fila, de uno en uno, del autobús y se esperaron al lado de una señal que ponía: 63 Museo. Esa señal le era familiar a Miguel, pero la emoción y los nervios de entrar a ver el huevo hicieron que no le diese mayor importancia.

Nunca había estado en un museo y en lo primero en lo que se fijó es en los altos e infinitos techos que les separaban del cielo. Casi no se veía dónde acababa porque las luces colgantes creaban un efecto de oscuridad al mirar para arriba. Había mucho espacio a su alrededor

Y nada más entrar, delante de la mirada perpleja de todos sus compañeros, ahí estaba, el mismo huevo quebrado que tenía en el recorte de su habitación, aunque esta vez, detrás de un cubo de cristal.

-Atentos chicos, ¿alguien me sabe decir qué es esto?- Dijo el profesor señalando al huevo.

Después de una molesta pero recurrente masa de gritos, alguien aprovecho un silenció y grito: “¡Un huevo de dinosaurio!”.

-¡Muy bien!- Siguió el profesor.-¿Qué otros seres vivos nacen de un huevo?.

Vuelta a la masa de ruido, esta vez compitiendo con gritos dispares:

-¡La gallina!- Dijo el más chillón.
-¡La serpiente!- gritó uno alargando la s imitando dicho animal.
-¡Los niños!- Dijo, seguro de si mismo, Miguel.

El silenció inundó la sala por unos segundos, su profesor le miraba sin haber entendido lo que había dicho, “¿habrá entendido Miguel la pregunta?” pensó. Al instante los niños se pusieron a reír y a señalar a Miguel que en ese momento se desvaneció la segura sonrisa que vestía su cara.

Quiso huir, quiso refugiarse en cualquier recoveco que encontrase en su camino. Quiso alejarse de todo aquel grupo de niños que parecía no haber entendido nada. Miró a su alrededor, a ver cuál era la vía de escape más segura para no toparse con nada y entonces se cruzó con la mirada de su profesor que seguía mirándole sin entender que había pasado. Miguel encontró en esa mirada el espacio que necesitaba para sentirse seguro, así que se acercó a él y aguantó las risas de sus compañeros que no duraron mucho más.

El resto del día pasó desapercibido, nadie le volvió a comentar a Miguel nada de su comentario delante del huevo pero él se pasó todo el día con las risas de sus compañeros en la cabeza.

Al llegar a casa, Miguel dejó su mochila donde la suele dejar cada día y se metió en su cuarto sin decir nada a sus padres. Sus padres, esperando que sus sospechas no se hubieran cumplido y que simplemente estuviese muy cansado, acudieron a su habitación. No era normal que Miguel no les cautivase con sus detalladas historias sobre su día y menos en un día que parecía tan importante para él.

-Miguel cariño, ¿qué tal el día en el museo?, ¿habéis aprendido mucho?- preguntó su madre con la voz algo quebrada por el miedo.
– Si hijo, ¿qué tal ha ido? ¿has visto el huevo?- Su padre tocó el punto más sensible de Miguel en ese momento y con una mirada de estar recordando algo, se levantó, cogió el recorte del periódico donde se anunciaba la exposición de los dinosaurios y la rompió en mil pedazos llorando a lagrima viva.

Miguel les contó lo ocurrido y lo peor de todo para sus padres, es que él no era consciente porqué se rieron. Cuando se lo explicaron despacio y con tacto, Miguel entró en shock. No entendía nada. Volvió a mirar a su alrededor en busca de un rincón donde esconderse, pero su habitación no era lo suficientemente grande y sus padres le hacían pantalla.

De repente, algo cambió en él, se puso a gritar a sus padres, no entendía como podía haber vivido tanto tiempo engañado, no acababa de comprender de dónde venían todos los recuerdos de su pre nacimiento, ¿estaba loco?, ¿había algo que no funcionaba bien en él?.

Al llegar la mañana de un nuevo día, Miguel metió sus cosas en la maleta, como cada día y se dirigió a la puerta de su casa, camino del autobús del colegio. En su lugar, cogió el autobús 63. Quería respuestas y estaba decidido a buscarlas en el lugar donde todo se destapó, el Museo de Historia Natural.

Continuará…
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